Revista Cultural Digital
ISSN: 1885-4524
Número 52 - OtoƱo 2018
Asociación Cultural Ars Creatio - Torrevieja

 
Daguerrotipo Fernando Ugeda Calabuig

 

Primer Premio XXIV Certamen Literario «Villa de Ermua»

Todo parece indicar que voy a ser uno más de esos cadáveres que se descubren al cabo de los meses, cuando el fuerte olor a descomposición invade la escalera del edificio y avasalla el delicado olfato de algún vecino que en principio achaca la pestilencia a rata muerta en el cuarto de contadores. Olfato sí; pero dotes deductivas... Pues tres semanas llevo ya tirado en el suelo del cuarto de baño, con la cabeza girada igual que la niña del exorcista, a la espera de que alguien repare en mi ausencia y denuncie mi desaparición. El taburete vencido y la tulipa hecha añicos explicarán sin ambigüedades la causa de mi muerte, aunque la verdad sea dicha, perder el equilibrio intentando cambiar una bombilla fundida y aterrizar con la nuca en el bidé dista mucho de la clase de muerte que yo hubiera preferido. Y no es que tuviera predilección por alguna forma de muerte en particular; pero haber muerto de esta manera se me antoja cuando menos ridículo. Por suerte ya no siento vergüenza, ni tampoco odio o resentimiento. Resulta curioso; pero desde mi fallecimiento reina en mí una especie de calma que me permite observar todo lo mundano con cierta distancia. En efecto, me he convertido en un mero observador de la vida, y al revisar mi existencia y reparar en asuntos que antes me soliviantaban, me he dado cuenta de que ya no me afectan en absoluto. Al visionar mi pasado he descubierto que la vida posee un carácter muy cinematográfico. Sé de lo que hablo, pues pertenezco a una familia de cinéfilos. Mi padre trabajó en el Cinema desde el día de su inauguración, el 6 de marzo de 1955, hasta su jubilación. Aparte de su declarado amor por el séptimo arte, sentía un gran afecto por Teodoro Zuazua, sacerdote impulsor del proyecto. Por eso en el añorado territorio de mi infancia despuntan la sala en penumbras, la pantalla grande, las manitas de Juanita Onandia asomando por la taquilla. Aunque para serles sincero, la película de mi vida ha sido una producción barata de serie B; y mi papel, el de un burdo actor secundario. Sí, un actor de segunda fila en mi propio celuloide, una existencia insubstancial rodada a veinticuatro fotogramas por segundo y cuyo anodino visionado resulta patético. Les aseguro que ni siquiera el tráiler es entretenido. Todos somos conscientes de que hemos de morir el día menos pensado, de hecho yo estiré la pata un día en que no pensaba hacerlo; aun así, puestos a elegir, me hubiera gustado palmar salvando la vida de alguien, preferiblemente un niño. No por convertirme en el benefactor del chaval, sino porque eso hubiera fastidiado a mi santa exmujer y a mis dos queridos vástagos. Me parece estar viendo los titulares: «El exmarido repudiado, el padre detestado, convertido en héroe a título póstumo». Al texto le acompañaría una foto en la que los tres aparecerían con la boca abierta y el gesto demudado. Hubiera sido mi última victoria pírrica. Me relamo nada más de pensarlo. Si tomo como referencia el indicador de la esperanza de vida en Euskadi, he tirado a la basura más de veinte años, con el agravante de hacerlo como un estúpido, con el máximo respeto hacia los torpes como yo caídos en similares lides. Dada mi situación he estado reflexionando sobre infinidad de asuntos y he llegado a la conclusión de que yo no tenía cuentas pendientes con el destino; sin embargo, de vez en cuando, al observar mi cadáver me embarga la desasosegante sensación de que el muy ladino también ha querido vengarse de mí. Si les soy franco, no recuerdo haberle caído bien jamás a nadie, y me da en la nariz que el hado travieso, como tantos otros, también ha querido mofarse de mí. Y no sé por qué me sorprendo todavía cuando la tónica general a lo largo de mi vida ha sido ser el blanco de las chanzas de los demás. He vivido padeciendo el escarnio como algo natural, y confieso que, quizá potenciado por mi falta de autoestima, llegué a asumir mi condición de bufón de tal modo que, con una frecuencia mayor de lo aconsejable, yo mismo me reí de mí mismo pretendiendo mimetizarme con mis ofensores. No me extraña pues que la Divina Providencia haya querido sumarse a la fiesta pateándome el trasero de este modo. Lo único que verdaderamente lamento es que cuando alguien encuentre mi cadáver y mis restos mortales visiten el Instituto Anatómico Forense de Bilbao, mi ex y mis hijos acudirán a reconocer el montón de excrementos en que me haya convertido y en vez de esbozar una mueca compasiva y soltar la lagrimita de rigor, todos dibujarán en sus complacientes rostros una sonrisa carga de malicia. «Era imbécil hasta para cambiar una bombilla», sospecho que dirá mi ex, y no le faltará razón. Porque ahora, una vez desnudo de egoísmo, soberbia y terquedades, me doy perfecta cuenta de que desde niño fui un poco rarito, y al emplear el mencionado adjetivo quiero referirme al típico crío introvertido que se aísla del resto por decisión propia, como si su misión en el mundo fuera la de pasar desapercibido. Siempre preferí estar solo, y así he terminado, acompañando a mi cadáver hasta que alguien lo encuentre, pues me parte el alma, nunca mejor dicho, dejarlo solo en la presente situación. Para que se hagan una idea les pondré un ejemplo concreto acerca de mi misantropía: hace años, entre mis compañeros de trabajo había un grupo que se jactaba de practicar montañismo. Nada serio, me decían, senderismo por las Peñas de Aia para acabar la mañana en la tasca de turno dando buena cuenta de un colosal almuerzo. Pues me invitaron a subir con ellos hasta la Cruz del Gorbea. Todavía desconozco la razón, aunque intuyo que el hecho de yo fuera su superior en el departamento de contabilidad tuvo bastante que ver en la descabellada propuesta. Deseaban ganarse mi confianza y de paso hacerme la pelota; pero me negué en redondo argumentando que padecía alergia a cualquier partícula que desprendiera tufillo a naturaleza. Pues en Fiestas de los Santiagos insistieron de nuevo, esta vez con la disparatada idea de que me apuntara al campeonato de pelota a mano de aficionados. Me vi forzado a solventar el mencionado escollo aduciendo problemas de espalda. «Pero bien que te arqueas para pimplarte el chacolí», soltó Iñaki, un chupatintas reciote y varonil hasta la médula que provocó la risotada de la cuadrilla. Lo despedí un mes más tarde. Detestaba su manía de etiquetar a todo el mundo. A modo de curiosidad les comentaré que morir es una experiencia catártica que purga tu espíritu liberándolo de temores y prejuicios. Además el óbito vino acompañado de un éxtasis tan placentero que me hizo lamentarme por no poder morir más a menudo. He aligerado mis alforjas de sentimientos triviales y turbaciones, me he vaciado de todo excepto de la curiosidad, de modo que tan sólo me inquieta saber qué es lo que me aguarda más allá de este compás de espera. Sé que podría deambular por la casa, entretenerme observando a través de las ventanas a la gente que transita por la calle embebida en sus quehaceres cotidianos; pero me sabe mal alejarme de mi cadáver, no vaya a ser que al cruzar una estancia ésta desaparezca tras de mí como por arte de magia. Lo digo porque instantes después de fallecer, una luz cegadora iluminó por completo el aseo. Enseguida me sentí atraído por ella, no en vano percibí un inmenso caudal de amor en su interior. Me sentía en paz conmigo mismo, así que me dispuse a penetrar en dicho albor sin contemplaciones, y eso a pesar de que el fulgor procedente de aquella fuente de energía desconocida me recordó a la mortífera luz que atrae a los mosquitos. Frente al umbral luminiscente, a modo de despedida, mi yo vaporoso le dedicó un último vistazo a mi malogrado yo físico y entonces sucedió algo imprevisto. Un impetuoso torrente de ternura bañó mi cadáver. En realidad desconocía que pudiera amarme a mí mismo con tal intensidad, de hecho mi ex solía hacer hincapié en ello y yo nunca la creí, o quizá no le prestara atención. «Eres un egoísta que sólo se quiere a sí mismo», decía con su voz atiplada, idónea para el bel canto. Me encantaría saber el nombre del excéntrico que estableció que la sana costumbre de amarse a sí mismo ha de tener por norma connotaciones peyorativas. Por cierto, qué mal gusto tuvo el dueño de esta covacha a la hora de escoger los azulejos del baño, el mismo pésimo acierto que tuvo mi ex para elegir marido. Meses antes de separarnos le dio por llamarme esquizofrénico, como si yo fuera el culpable de que me persiguiera gente a la que no conocía. Para mayor inri le dio por denigrarme a diario delante de mis hijos. «Mirad al majadero de vuestro padre —profería apenas me veía entrar por la puerta, en su clásico tono desdeñoso y con los brazos en jarras—, aun subiendo en el ascensor llega jadeando a casa. Menudo jamelgo me endosó mi suegra, hijos míos. Que Dios la tenga en Su gloria, aunque conociendo a vuestra abuela, seguro que ella solita ha puesto patas arriba el Cielo. Me compadezco de san Pedro». Ahora, eso sí; he de admitir que mi ex tenía una extraordinaria vena creativa y poseía una riqueza de vocabulario que le permitía ultrajarme cada día con un nuevo improperio. Con nuestros hijos siempre se comportó como una mater amatísima, además tenía un nutrido grupo de amigas y se relacionaba abiertamente con la gente; por lo que doy por sentado que el problema era yo. Tuvo la mala fortuna de tocarle en suerte un marido pusilánime, parco en palabras y opaco en lo relativo a sentimientos. ¡Y horrible en la cama! ¡Ea, ya lo he dicho! Pobre Terese, con lo que la he odiado por dejarme tirado igual que a un perro y ahora me apiado de ella. No me reconozco. Está visto que la muerte te cambia por completo, hasta cierto punto me siento como si me hubieran dado la vuelta igual que a un calcetín. Sospecho que en el momento incierto en que me encuentro he adquirido un nivel superior de conciencia, porque me proyecto en ella, me meto en sus zapatos y alcanzo a comprender con claridad supina que me diera pasaporte cuando se me agotó el paro. El sustento era lo único que la unía a mí, y el lazo afectivo que me ataba a mis hijos —todavía no he dicho sus nombres, ¿verdad? Pues Andoni y Nerea— por aquellas fechas ya se encontraba muy deshilachado. Vaya por delante que yo jamás he dejado de quererlos, ni siquiera en los momentos más adversos en los que mi popularidad como padre tocó fondo. Tampoco es mi deseo inculparlos, pues he de admitir en su descargo que nunca les demostré el inmenso amor que les profesaba, lo que me lleva a preguntarme por qué demonios he sido tan pazguato. Así que un cenizo día de marzo se consumó mi derrota. Cogí cuatro bártulos y mi colección de insectos y me mudé a este apartamento en miniatura sito en la periferia del extrarradio. En efecto, lo más económico que encontré. Una vez acomodado en este cuchitril me sentí imbuido de un positivismo que hubo de hacerse hueco a empujones y pactar un tratado de no agresión con mi proverbial pesimismo. Pensé con buen criterio que remontaría el vuelo en cuanto encontrara un empleo estable, me refiero al huidizo trabajo que llevaba dos años y medio esquivándome. Al fin y al cabo yo era un profesional de la contabilidad, el trabajador ideal que toda empresa seria anda buscando. Sin embargo, después de patearme Ermua de arriba abajo y echar no menos de un centenar de curriculums, empecé a verme tal como me veía el hatajo de treintañeros que se ha apoderado de los departamentos de Recursos Inhumanos: material de desecho, una pieza obsoleta del sistema. Un día llegué a casa con el desaliento prendido de los ojos y sin mediar palabra agarré a mi positivismo por la pechera y lo lancé por la ventana. Perdí el contacto con mi ex y al poco mis hijos imitaron la desconexión de su madre negándose a contestar a mis llamadas semanales. Después la soledad me abocó al ostracismo y sin darme apenas cuenta me expatrié de la sociedad con el noble propósito de mantenerme al margen de un mundo con el que no comulgaba. La vida empezó a dolerme, la rutina de vivir comenzó a lacerarme. Tal vez por eso, tras sopesar varias hipótesis, he llegado a la siniestra conclusión de que la muerte me ha llegado en buen momento. Ya estaba harto de acumular facturas pendientes de pago, de las impertinentes llamadas telefónicas de mi casero reclamándome los meses atrasados de alquiler, de inventariar y racionar de manera rigurosa las lonchas de embutido y las rebanadas de pan de molde. Además, el tránsito fue tan rápido, la guadaña de la parca actuó con tal profesionalidad, que por una elemental cuestión de respeto no me puedo quejar. Hay gente que agoniza durante días enteros, incluso los hay que se pasan las últimas semanas de su vida postrados en la cama de un hospital, avasallados por agujas, por bisturís, por elementos variopintos de un material médico y quirúrgico propio del peor martirio medieval. Y todo ese sacrificio para acabar finalmente en la cámara frigorífica de la morgue a la espera de vestir el oportuno traje de pino. Esta reflexión me conduce a preguntarme si para un hipocondríaco como yo existe algo más deprimente que trabajar en un hospital, rodeado de gente enferma. Supongo que hacerlo en una funeraria lo supera, y encima de tanatopractor. Deduzco que no llegaré a tiempo para que un experto en tanatoestética haga de mí un bonito cadáver, aunque a estas alturas tampoco es que me importe mucho presentarme ante los gusanos como un plato poco apetecible. Por cierto, me han crecido las uñas, la barba, el cabello y los pelos de las orejas y la nariz, lo cual me desconcierta. La muerte siembra en nosotros tantas incógnitas... Durante los últimos días, al observar mi cadáver me he sentido embargado por una suerte de melancolía que me ha impelido a meditar sobre la futilidad de mi vida, la frivolidad de mis actos, sobre el tiempo malgastado y los sueños postergados. Tras un arduo trabajo de introspección, mi cadáver y yo hemos acordado otorgarme un suspenso por todo lo alto. Millones de años habitando la nada para recibir finalmente el don de la vida y tirarlo directo al retrete. Y para colmo de males, no puedo excusarme con ridículos argumentos extraídos del ideario de un mentecato. Engañarse de esa forma sólo está al alcance de los vivos. Me maldeciría con ganas si aún me quedara un ápice de ira; pero... ¡Un momento!... De nuevo se abre ante mí el umbral de origen gaseoso de cuyas entrañas emana la luz más blanca que he visto jamás. ¡Dios santo, percibo tanto amor en su interior! No puedo resistir la tentación, esta vez soy incapaz de reprimir el vehemente deseo de fundirme en ese insólito albor y aventurarme al más allá con independencia de lo que ello me depare. Le dedico una última mirada a mi cadáver, le susurro un adiós entrañable y avanzo con paso firme por lo que parece un túnel de luz. ¡Qué indescriptible sensación de paz y regocijo! Es un deleite solo comparable a... ¡Qué ha pasado!... La luz se ha apagado y percibo cómo las paredes corredizas del túnel se estrechan en torno a mí acotando con lentitud el espacio. ¿Acaso pretenden acojonarme? Pues lo están consiguiendo. ¡Vamos y vamos!... Yo pensaba que esto de la muerte sería algo serio; sin embargo, aquí atufa a broma malintencionada. O puede que sea un simple embeleco. Intuía que podía ser una trampa, pero la atracción ha sido tan poderosa que ahora mismo me siento tan memo como un macho de mantis religiosa después de la cópula. Ya no tengo libertad de movimientos, estoy encajonado en la oscuridad y las paredes que me aprisionan rezuman una especie de humedad gelatinosa que me produce un asco indecible. En fin, resignación, de todos modos ya tengo experiencia en morir, así que... ¡Esperen, distingo una grieta al fondo! Estoy haciendo un esfuerzo ímprobo; por suerte me desplazo lentamente hacia la hendidura. Tan sólo he avanzado unos centímetros y ya estoy exhausto. Presumo que si logro llegar a ella será un triunfo de la voluntad, porque lo que son fuerzas no me quedan ni para soltar un escupitajo. Me rindo, acuño la corta frase a modo de rotundo epitafio. Quizá debí cruzar el túnel de luz con mayor rapidez, o tal vez no debí entrar en él, a saber. Muero y remuero, vaya mesecito que llevo... ¡Aguarden, no todo está perdido! Las paredes presionan pero no me aplastan; al contrario, me empujan hacia la salida. La abertura se agranda a medida que me acerco, estoy a punto de salir como descorchado de una botella de espumoso. ¡Y surjo de nuevo a la luz! ¡Madre mía, jamás he sentido tanto frío en mi vida, que alguien encienda al menos un calefactor! Me pregunto si Dios habrá cometido la torpeza de emplazar el Cielo justo en el polo norte. La luminosidad me deslumbra, aprecio figuras borrosas; mas no puedo ver con nitidez. Una imagen difusa se acerca a mí, me presta algo de abrigo. Esto ya es otra cosa, poco a poco entro en calor.

—Deberíamos llamar a mi aita para que sepa que ha sido abuelo.

Esto parece cobrar tintes absurdos... Hay que ver lo que me recuerda esa voz a la de mi hija Nerea.

—¿Al anacoreta de tu padre?... Si hace tres semanas que no os llama, ni a ti ni a tu hermano.

—Se habrá cansado de que no le cojamos el teléfono.

Debo de estar delirando, porque la otra voz también me suena familiar. ¡Socorro, la silueta borrosa de un gigante me ha cogido en brazos! ¡Maldita sea, después de pasar este trance resulta que voy a acabar siendo devorado por un ser de proporciones descomunales! ¡Me acerca a su boca y!... Prefiero no mirar.

—¡¿A que te como a besos?! ¡Pero cómo puedes ser tan lindo!… Soy tu amona y no imaginas cuánto te voy a querer.

¿Terese?...