Revista Cultural Digital
ISSN: 1885-4524
Número 52 - Otoño 2018
Asociación Cultural Ars Creatio - Torrevieja

 
La historia de los últimos tabarquinos: de la esclavitud al desierto Teresa Ruso Pacheco

 

La historia que voy a contar parece más de un libro de aventuras que extraída de la vida real. Es la historia de mis antepasados, y de los antepasados de muchos de los torrevejenses que en su árbol genealógico han llevado el apellido Luchoro, Manzanaro, Ruso, Parodi, Chacopino, Luso, Rivera..., apellidos con los que hemos convivido desde pequeños los que nacimos en Torrevieja a mediados del pasado siglo, y que todavía se conservan en nuestra ciudad.

Los principales protagonistas de esta historia son:

—Ligures de Pegli, un pueblecito junto a Génova que con los años formó el «pueblo tabarquino», al emigrar a la isla coralina de Tabarka, en Túnez.

—La familia Lomellini, que arrienda la isla y envía allí a colonos genoveses a la explotación del coral.

—El pirata Barbarroja.

—El bey de Túnez y el rey Carlos I de España.

 Estoy hablando del siglo XVI, en plena Edad Moderna. Era la época de los grandes descubrimientos, de la conquista de nuevas tierras, en la que proliferaba la piratería.

Comienzo la historia del pueblo tabarquino, al que la UNESCO está en vías de nombrar Patrimonio Inmaterial de la Humanidad, por su larga historia, cultura, tradiciones y periplos que ocurrieron en estas tierras del Mediterráneo.

Las gestiones a ello destinadas comenzaron en la reunión de 2008, en la Tabarka de Túnez, y a instancias del gobierno de este país, de las que se denominaron «cuatro Tabarkas», es decir: Pegli (Génova), Carloforte y Calasseta (dos ciudades de las islas San Pietro y San Antíoco de Cerdeña), Tabarka (Túnez) y Nueva Tabarca (Alicante).

Sería precioso que Torrevieja pasase a ser la «quinta Tabarka» del Mediterráneo, pues es evidente que en ella han vivido y siguen viviendo descendientes tabarquinos.

Viajando en el tiempo, nos situamos en el siglo XVI. Los hermanos Barbarroja eran famosos por asolar las aguas del Mediterráneo, incluidas las zonas de Valencia, Baleares, Alicante y Santa Pola. En 1534, Jeireddín Oruch Barbarroja, que era turco otomano, se proclama rey de Argel y toma la plaza de Túnez, destituyendo a su bey, Muley Hassán. Desde Trípoli hasta Orán se le someten los demás pueblos, convirtiéndose así en un gran enemigo para España y los países bañados por el Mediterráneo.

Jeireddín Oruch Barbarroja

En 1535, el emperador Carlos I de España consigue reunir una flota para atacar estos territorios norteafricanos. Ataca y conquista Túnez, donde libera a más de veinte mil prisioneros y repone a su anterior bey, Muley Hassán, con el que mantenía buenas relaciones. Entre esta flota, se contaba con el barco del almirante genovés Andrea Doria.

 

Andrea Doria

Muley Hassán, en agradecimiento al rey de España, le regala una pequeña isla junto a Túnez, la isla de Tabarka, que a Carlos I, por su situación estratégica para el paso de corsarios, le interesaba mucho tener custodiada por una guarnición de soldados. La idea era construir un pequeño fuerte o castillo armado y utilizarlo también como prisión. El inconveniente era la cuestión económica, pues había que mantener una guarnición de forma continua, con su provisión de armas y municiones. El problema fue resuelto de la siguiente manera: en los alrededores de la isla existían importantes bancos de coral, cuyo comercio podía dar unos excelentes resultados si se explotaba de forma racional.

Andrea Doria, emparentado con la familia genovesa de los Lomellini (Bartolomea Doria se había casado con Jacobo Lomellini), les propone a éstos que arrienden Tabarka al rey de España, puesto que era una isla muy rica en coral rojo. Se firma un contrato con la Corona española, corriendo los Lomellini con los gastos de mantenimiento de las instalaciones de la isla, más un pago del porcentaje de la venta del coral. Una quinta parte del beneficio de la extracción del coral sería recaudada por la Corona española, que de esta forma mantiene la isla sin grave perjuicio en sus costos; y por otro lado, la familia Lomellini obtiene la concesión de la extracción y venta del coral.

Así pues, Agustín, Francisco y Nicolás Lomellini firman el arriendo de la isla de Tabarka en 1540 y rápidamente envían barcos a la zona para comenzar las labores de edificación de un castillo, murallas, algunas casas, y de la extracción del coral. Para ello reclutan mano de obra tanto en Pegli, junto a Génova, de la que eran sus señores naturales, como de otras pequeñas poblaciones cercanas, formando un grupo de pescadores que se instalan en la isla. Incluso se nombra un gobernador como figura principal política y militar del nuevo asentamiento, que dependía, como el resto de funcionarios de la isla, de Génova. A cambio, España construye un presidio, custodiado por una guarnición de soldados, donde ondea su bandera.

  

                Battista Lomellini                             Carlos I de España y V de Alemania

Isla de Tabarka (África)

El mantenimiento de la fortaleza y de la colonia de pescadores de Tabarka durante el siglo XVI se convierte para los Lomellini en un fabuloso negocio con la comercialización del coral, que goza de gran demanda durante esta época y a la vez apenas tiene competidores. Periódicamente se renueva el contrato entre la Corona española y los Lomellini. En varios documentos, protestan los arrendados de que el gobierno español no abona con suficiente puntualidad la cantidad anual asignada para el mantenimiento del presidio.

Según relata José Luis González Arpide en la traducción del manuscrito del padre Steffano Vallaca Memorias de la isla de Tabarka:

Produce la Berbería, en aquella parte de África y en gran abundancia, granos, cebada, cera, aceite de oliva, lanas y cueros bovinos salados. Tan lucrativo era aquel comercio que los árabes vecinos llevaban a aquella isla gran cantidad de mercancías y las vendían a un precio irrisorio, y aunque los cereales y la cebada eran mercancías que de ordinario adquirían su precio en función de una cosecha más o menos abundante, siempre se vendían por la mitad de lo que se vendían en Italia. Casi la misma proporción tenía el precio de las ceras, lanas y aceites, pero los cueros alcanzaban un precio tan bajo que por cada cien escudos que se empleaban en ello (en fabricarlos), se podían ganar seis, siete y hasta ochocientos escudos, dado que era un precio establecido y convenido antiguamente por los cueros grandes de buey.

Las relaciones entre Génova, Tabarka, Túnez y Argel son excelentes, entre otras cosas porque la familia Lomellini les paga puntualmente un tributo anual a los tunecinos y a los argelinos por mantener la paz con Tabarka. Pero con los años, la preponderancia económica que toma la isla despierta la codicia de sus vecinos.

En 1556, el bey de Argel profiere las primeras amenazas contra la isla, aumentadas y dirigidas por Francia, que no ve con buenos ojos el empuje comercial que ha adquirido, y trata de buscar una causa para neutralizarla, aliándose con Túnez e incluso pescando en la jurisdicción tabarquina.

A partir del siglo XVII comienza a decaer el comercio del coral, por estar el mercado más saturado y existir una fuerte competencia con Francia; e incluso Argel empieza a pescar por cuenta propia, agotando los bancos que los tabarquinos dejaban descansar. Esto hace que los Lomellini empiecen a instar al rey para que se quede de nuevo con la isla, pues las cargas económicas del mantenimiento del presidio y de la guarnición empiezan a ser gravosas para ellos. En todo este tiempo, la población, de origen genovés, se va convirtiendo en tabarquina, ya que a finales del siglo XVII los habitantes son casi todos nacidos en la propia isla. A comienzos de siglo XVIII, la pequeña isla tabarquina tiene una demografía demasiado grande como para mantenerse en ella. Han pasado casi doscientos años.

Al darse la circunstancia de que el reino de Cerdeña quería repoblar algunas zonas de su territorio, consigue que unas cien familias de Tabarka pasen a repoblar la isla de San Pietro, situada al suroeste de Cerdeña, creando una población a la que se le pone el nombre de Carloforte, en honor a Carlos Emmanuel de Cerdeña, el rey que los traslada a dicha isla. Así, desde 1738, se funda este primer enclave tabarquino en territorio italiano, y además se le suman alrededor de treinta familias de la Liguria (norte de Italia).

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Islas de Carloforte y Calasseta (Cerdeña)

A San Pietro llegan estas familias utilizando el idioma de la isla, el tabarchino, al que el lingüista Fiorenzo Toso define en la actualidad así:

El componente de la lengua tabarquina consiste en una base original, importado en Túnez antes y de Cerdeña después, enriquecido por las contribuciones sucesivas debido a contactos comerciales continuos con la madre patria. En este núcleo se insertan árabes y turcomanos miembros, Cerdeña, Sicilia y el sur italiano, francés, dando cuenta del carácter compuesto de una sociedad basada en la explotación de los recursos económicos, tales como la pesca de coral, el atún, la agricultura intensiva, salina, comercio marítimo, etc.

El lingüista Fiorenzo Toso es un amante de la lengua tabarchina, y le ha dado forma a su gramática y elaborado el diccionario etimológico. Esta lengua la hablan actualmente los niños de la isla al estudiarla en la escuela. Se habla actualmente en Carloforte y en la isla vecina de Calasseta, otro asentamiento tabarquino del que más tarde se tratará.

Los carlofortinos luchan por conservar la joya de su patrimonio, la lengua tabarchina, que ya se ha perdido en el resto de asentamientos, como Nueva Tabarca, Santa Pola o Torrevieja.

                        El principito, traducido al tabarquino                        Diccionario etimológico histórico y Gramática del tabarquino (Florenzio Toso)

Mientras los carlofortinos, en 1738, se asentaban en la isla de San Pietro (una preciosa isla rodeada de calas, con el paso del atún rojo, corales y salinas e inyecciones de dinero continuas por parte de Italia para favorecer el asentamiento), otro grupo de familias tabarquinas se instala años más tarde en el norte de Túnez, cerca de Bizerta y Portofarina. Y en la isla de Tabarka, donde se habían quedado cerca de mil doscientas personas, éstas vivían angustiadas pensando en su futuro y arrepentidas de no haber emigrado a San Pietro con sus hermanos tabarquinos.

De hecho, los acontecimientos se precipitaron, pues en una tartana francesa apresada por el bey de Túnez, se encontró una carta del gobernador de Cabo Negro, en la que se instaba a la Compañía de África del Coral a comprar la isla a los Lomellini para establecer allí una plaza fuerte. En vista de tales noticias, y creyendo el bey que los tabarquinos eran cómplices de los franceses, envió a su hijo Ikonos a Tabarka al frente de la expedición con catorce galeotas de piratas tunecinos y quinientos soldados. Ikonos desembarcó las galeotas en la playa del puerto de poniente y bajó con doscientos de sus soldados. Los hombres de la isla estaban todos pescando el coral y en Tabarka sólo se encontraban los niños, las mujeres, los ancianos, algún hombre enfermo, los funcionarios y los religiosos. Ikonos le declaró al gobernador de la isla, Giovani Leone, su intención de visitarlos en son de paz, así que le abrieron las puertas de la Marina (puerto). Se quedó de invitado en el palacio del gobernador esa noche, pero a la mañana siguiente, 11 de junio de 1741, Ikonos dio la orden de reunir a la población, formada por mujeres, niños y ancianos, en la plaza de la Marina (iglesia). Entonces pasó de amigo a enemigo, y después de revisar a la gente, los desarmó, alistó por su nombre y los condujo a los barcos, saqueando la iglesia y poniendo en esclavitud a ochocientas cuarenta personas entre hombres, mujeres y niños, llevándolos a Túnez. Este triste momento para la historia de la isla de Tabarka señala el comienzo de la esclavitud de sus pobladores.

Los soldados volvieron a la isla, la saquearon y destrozaron todas las construcciones, y con los escombros construyeron un dique para unir la isla con el continente, formando así la actual península. Los hombres que estaban pescando, al volver a la isla y encontrarla arrasada y sin sus mujeres, hijos y padres, se entregaron al bey de Túnez en su mayoría, para correr la misma suerte que su familia y estar junto a ellos. La intención del bey de Túnez era conseguir un rescate por los esclavos. Pero Italia no se interesó por ellos, ni tampoco España ni la familia Lomellini.

En 1750, fray Bernardo de Almancaya, trinitario calzado, administrador del Real Hospital de Túnez, escribe unas cartas al rey de España informándole de la situación lamentable en que se encuentran los cautivos de Túnez y Argel.

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Esclavitud de los tabarquinos en Túnez 

 

La colonia de Calasseta

Desde 1756 se sabe que se habían quedado en Túnez y otras ciudades como Bizerta y Portofarina un cierto número de tabarquinos, cuya procedencia era la de aquellos que habían emigrado libremente antes de 1741 y que no fueron transferidos a Carloforte, y otro grupo compuesto por aquellos que, después de la caída de la isla, no fueron rescatados ni transferidos a Argel. Giovanni Porcile promueve nuevamente su rescate, ayudado por la orden de San Lázaro y San Mauricio, feudataria de la isla de San Antíoco, situada al sur de la de San Pedro. Viendo el buen resultado de la colonización de Carloforte, consiguen el rescate de 38 familias tabarquinas, que son trasladadas primero a Carloforte, y después al norte de la citada isla de San Antíoco, en un lugar que había sido conocido como la «Cala de Seda» o Calasetta, nombre que quedará para este asentamiento, donde se construirá la nueva población.

El 21 de junio de 1770, el barco Anchilla Domini, del capitán Botarini, transporta a Cagliari el contingente de las 38 familias (138 personas), aunque debe desviarse hasta Marsella por un presunto caso de peste, debiendo guardar la cuarentena. Puede llegar finalmente a su destino el 7 de septiembre.

Segundo asentamiento tabarquino: la colonia de Calasseta


Continúa la epopeya de los tabarquinos prisioneros en Túnez: los últimos tabarquinos

Por su parte, Juan Bautista Rivarola, párroco de los propios tabarquinos, es también enviado por el bey a Italia y otros países de Europa, con la intención de recaudar dinero.

Durante dieciséis meses, recorre varios países europeos intentando buscar ayuda para la liberación del pueblo tabarquino, pero los problemas que se encuentra son fundamentalmente de carácter económico. La postura oficial del gobierno español, defendida por el marqués de Ensenada, contempla una posición contraria a rescatar cautivos. Se mantiene la tesis de que cualquier ayuda de carácter económico servirá para perpetuar las prácticas corsarias, especialmente de las regencias de Argel, Túnez y Trípoli.

Y así pasan catorce años de esclavitud en Túnez sin que nadie los reclamara, sintiéndose abandonados por todos, sin país. Pues habían nacido la mayoría ya en Tabarka, ahora destrozada. No tenían príncipe soberano, porque eran súbditos de un caballero particular, el anciano Lomellini, sin descendencia, que ahora se desentendía de ellos.

Eran solamente el pueblo tabarquino. Sin nación.

En estos años, el bey argelino estaba cansado de solicitar a su vecino de Túnez los tributos que el señor Lomellini le pagaba anualmente, y aprovechando una revuelta, invade el territorio tunecino en 1755, destronando y asesinando a Alí Pacha y sentando en el trono a Mohamed, hijo de Hussein, quien había sido predecesor en el trono de Alí.

Como parte del botín de conquista, los esclavos tabarquinos son tomados y transferidos a Argel. En el verano de 1756 fueron trasladados a pie, recorriendo 440 millas. Murieron ancianos y niños, y mujeres embarazadas dieron a luz o abortaron.

Esclavitud en Argelia

Pasaron de una esclavitud moderada a una esclavitud extrema en Argelia, con tremendas condiciones. Nacieron algunos tabarquinos en la esclavitud, algunos de ellos hijos de la violencia, pero todos superaron durísimas pruebas por no renunciar a su fe cristiana. Gracias al párroco de la isla, el padre Riverola, también cautivo, se mantienen unidos.

Esclavas en Argel

Diez años después, en 1766, España firma un acuerdo mediante el cual nuestro país y Marruecos deciden establecer relaciones diplomáticas y nombrar embajadores. El primer embajador marroquí, Al Gacel, visita España y consigue como prueba de buena voluntad la liberación de esclavos tanto marroquíes como argelinos y turcos. Con esta base de amistad y reciprocidad, el emperador de Marruecos, Sidi Mohamed ben Abdallah, por medio de su ministro plenipotenciario, accede a intermediar con la Regencia de Argel para conseguir el rescate de un importante contingente de españoles que allí se encontraban como esclavos.

Hasta ese momento, España no había ejecutado grandes operaciones de rescate a causa de la nula fiabilidad demostrada por la Regencia, pero en esta ocasión la garantía personal de Al Gazel, avalada por su emperador, hacen disipar las dudas al rey Carlos III.

El conde de Aranda, en coordinación con las órdenes redentoras, envía a la Regencia de Argel, en febrero de 1768, a los padres fray Alonso Cano, trinitario calzado; fray Antonio Manuel de Artalejo, mercedario; y fray Juan de la Virgen, trinitario descalzo, junto al embajador marroquí, para preparar la operación con todo detalle y minuciosidad. Es en este momento cuando hablan del contingente de tabarquinos, de los que posiblemente tenían constancia gracias al padre Steffano Vallaca, que llegó a escribirle al rey Carlos III para hablarle de la ansiada redención de sus paisanos. Los padres redentores solicitan al rey que sean incorporados al rescate.


La última redención de esclavos en Argelia. Plumilla encontrada en la Feria del Libro Antiguo de Madrid

Y es el conde de Aranda quien decide que los tabarquinos sean comprados a rescate, a diferencia de los españoles, que son canjeados a razón de dos argelinos por un español, excepto capitanes y pilotos, que se hace uno por uno.

En los casos tanto de canje como rescate había que pagar el equivalente de unas tasas por cada cristiano liberado. Los pagos del canje y rescate se realizan con caudales que las órdenes poseían recogidos de limosnas para estas circunstancias de liberación de cristianos.

 

Pedro Pablo Abarca de Bolea, conde de Aranda

Una orden de 20 de septiembre de 1768 nombra al capitán de navío José Díaz de Veáñez como comandante de la expedición a Argel formada por el navío San Isidro (armado con 68 cañones), mandado por él mismo; el navío Santa Isabel (68 cañones), al mando del capitán de navío Alfonso de Alburquerque; el navío San Vicente Ferrer (80 cañones) estaba mandado inicialmente por Pedro Justiniani, pero por enfermedad es sustituido por el segundo de a bordo, Antonio Vacaro; y la fragata Santa Teresa (32 cañones), al mando del capitán de fragata Miguel de Aranguren. A esta pequeña flota se le agregó la tartana mahonesa Santísima Trinidad como barco de escolta y aviso.  (González Arpide, J. L: La expedición de Argel y el rescate de los tabarquinos)

Ya en Argelia, se firma la redención de los individuos del pueblo de Tabarka el 8 de diciembre de 1768, el día de la Purísima, patrona de Torrevieja.

En esta primera hoja escaneada del manuscrito de los Padres Redentores, se puede leer el día en que se firma la redención de los tabarquinos (8 de diciembre de 1768) y los nombres del gobernador de Tabarka, Juan Leoni, y del párroco de la isla, Juan Bautista Riverola, encabezando a los rescatados del pueblo tabarquino. Dos personas por las que se pagó mucho más dinero que por el resto.


Dos imágenes de la Purísima Concepción, patrona de Torrevieja

Siguiendo con el relato del primer viaje desde Argelia a España con los rescatados, debido a malas circunstancias climáticas, esta pequeña flota debe volver a España, después de casi un mes de estancia, habiendo liberado a la mayor parte de esclavos españoles y algunos tabarquinos.

Pero la mayoría de los tabarquinos deberá esperar hasta febrero del siguiente año, 1769, para que sean finalmente rescatados. El navío San Vicente Ferrer y la fragata Santa Isabel serán los encargados de transportar a los 315 tabarquinos (más 14 que habían llegado el año anterior).

A las dos de la tarde del 3 de marzo de 1769 acaeció la llegada de los tabarquinos al puerto de la ciudad de Alicante, donde permanecieron hasta el día siguiente, en el que desembarcarían.

De Argel a Nueva Tabarca

 

La esperada libertad se convierte en destierro

  

Pobreza en Nueva Tabarca

Carlos III encarga al conde de Aranda las obras de fortificar la isla, construir un castillo, una iglesia y construir casas para acomodar en ella a los tabarquinos. El ingeniero Méndez, que se encargaría de las obras, las proyectó como una gran fortaleza para asegurarse de ataques imprevistos de corsarios a las costas de Alicante. Pero pronto la monarquía española firma un tratado con Argel que aseguraba la protección de sus costas y semejante gasto ya no tenía sentido, aunque las obras se terminan por empeño del conde de Aranda y en la isla se instalan los 315 tabarquinos.

El rey les da privilegios, como no hacer el servicio militar o quedar exentos de impuestos, pero pronto se olvida de ellos, y ni siquiera se les da carta de ciudadanía hasta pasados 65 años de su llegada.

Las condiciones de habitabilidad que se encontraron al llegar eran penosas y muy diferentes a las que hallaron en San Pietro sus compatriotas carlofortinos, que según Fiorenzo Toso no pararon de crecer en población y de recibir aportaciones económicas de los gobiernos sardo y genovés, con los que tenían grandes vínculos.

En cambio, los habitantes de Nueva Tabarca se encontraron un terreno árido, imposible de plantar, y una escasez de agua que obligaba al gobierno de Alicante a llevarles bidones a menudo, por lo cual los tabarquinos, los días de levante, se hallaban desabastecidos al no poder llegar los barcos de Santa Pola.

 

 

Habitantes de Nueva Tabarca

La desesperación de los habitantes de Nueva Tabarca queda perfectamente reflejada en el escrito rescatado del Archivo de Simancas por el profesor Giménez López, en el que «tutto il povero popolo della Tabarca» dirige una desgarradora carta, escrita en italiano, al gobernador de Alicante, conde de Baillencourt, donde se recogen las miserias y calamidades que padecen.

Habéis engañado durante cuatro años al rey de España con tanto dinero gastado en un pésimo lugar, y nos habéis engañado a nosotros, ya que no podemos vivir de ninguna manera en este destierro, un infierno gobernado por la mala voluntad y el odio, un lugar lleno de miserias.

No tendría respuesta esta carta, fechada el 12 de enero de 1775 y dirigida a Dios, a Su Majestad, a su Excelencia como nuestro pío abogado y a toda la Corte real, a los que pedían libertad. Estas quejas acabarían por parte de Méndez en una represión, con seis hombres en la cárcel.

La desdicha de la población no mejoró en los años sucesivos, y muchos escaparon a Túnez, Carloforte o a las costas cercanas, como Santa Pola y Torrevieja. De hecho, en 1787, cuando se elabora el famoso censo de Floridablanca, la isla registra una población de sólo 110 personas, pues 205 habían huido de ese destierro o fallecido durante ese tiempo.

Curiosamente es en estos años cuando las salinas de Torrevieja comienzan a dar su mayor producción en siglos, y curiosamente se empieza a formar el pueblo de Torrevieja, pasando de las dos casitas de los soldados junto a la torre vigía, a 27 casas de pescadores y temporeros de las salinas (Cabanilles, Archivo Municipal Torrevieja).

También es el biólogo e historiador Cabanilles, el que narra que «el pueblo de Torrevieja luchó para tener un escudo que simbolizara sus raíces: un barquito velero acercándose a la costa, donde hay una torre», escudo que todavía conservamos y que guarda mucha similitud con el de Carloforte, ciudad de la isla de San Pietro donde siguen viviendo los tabarquinos.

            

 Dos escudos de Carloforte y el actual de Torrevieja

 

                                                           

Bibliografía:

—Archivo Histórico Nacional: Redención que por orden de Su Majestad el Rey se ha hecho en Argel. Archivos pares, códices y cartularios. Manuscrito de los Padres Redentores (Trinitarios y Mercenarios)

Los tabarquinos. José Luis González Arpide.

—Gramática tabarquina. Fiorenzo Toso.

Memorias de Tabarka, José Luís González Arpide (traducción del manuscrito del padre Stefano Vallaca, que se encuentra custodiado en la Real Biblioteca de Turín).

La ilustrada utopía de una ínsula fortificada. José Manuel Pérez Burgos.

Pasado y presente de Nueva Tabarca. Emilio Soler Pascual (Universidad de Alicante).

Nueva Tabarca, un desafío multidisciplinar. Gregorio Canales, José Manuel Pérez Burgos y Felio Lozano Quijada.