Revista Cultural Digital
ISSN: 1885-4524
Número 52 - OtoƱo 2018
Asociación Cultural Ars Creatio - Torrevieja

 
Instinto de supervivencia Miguel S. Juaneda

 

No tenía edad para asumir aquella responsabilidad, pero había perdido su partida contra el destino. Riuth debía hacerse cargo de los tres pequeños. Una avalancha de nieve destrozó su cabaña y arrolló a sus padres mientras trataban de poner a salvo el escaso ganado que les quedaba tras un frío ciclo solar superior. Ellos se protegieron en la cueva. Una y mil veces les habían repetido que en las grandes tormentas debían refugiarse entre aquellas paredes de piedra, donde siempre había carne seca y pieles de osos preparadas.

Cuando todo acabó, empezó el verdadero caos. La soledad se cernió sobre ellos amenazante. Riuth tenía que ser fuerte, sólida como una roca, ocultar el pavor que se había adueñado de su alma. Era la mayor y debía comportarse como tal. Así que sonrió, tomó a la menor de sus hermanas en brazos y pidió a los pequeños que la acompañaran, que debía hacer un recado.

Esperó a las primeras luces del alba. En un morral recogió pieles y los pocos alimentos secos que encontró y echaron a andar hacia la aldea más cercana. Sabía que nadie los acogería en sus casas. El ciclo solar superior había sido especialmente duro. Nevó sin descanso durante semanas eternas y los aldeanos se habían quedado sin reservas con las que alimentarse. El sol se resistía a volver y la desesperación conquistaba los corazones.

Cuando los niños alcanzaron las primeras casas, los aldeanos salieron a consolarles y a escuchar su historia. Recibieron numerosas muestras de cariño, leche y un poco de queso. Sus vecinos los querían, pero no tenían con qué alimentar a sus propios hijos, así que no podían hacerse cargo de ellos. Les ofrecieron cobijo, pero dejando claro que a la mañana siguiente debían partir, y así lo hicieron.

Caminaron durante muchas jornadas, disfrutando de la hospitalidad kalandryana y de los comerciantes que, llegados de otros territorios, visitaban los pueblos del reino blanco. Siempre hallaban alguien dispuesto a ayudarles a seguir camino. Aprendieron mucho de las personas que los cobijaban por las noches. Todos tenían grandes historias que contarles y consejos para evitar a los grandes depredadores de Kalandrya y las enfermedades más temidas. Descubrieron cómo curar el mal rojo que cubría la piel de llagas y las fiebres provocadas por las temidas lilas.

Traspasaron las fronteras de Kalandrya y conocieron la amabilidad sylviliana. El viento estuvo a punto de volverlos locos, pero aprendieron a soportarlo. Hicieron propios todos los dialectos que escucharon, abriendo su mente al aprendizaje que los permitía sobrevivir. Intercambiaron productos de todo tipo. Lo que les daban en una aldea lo cambiaban en la siguiente y así hasta lograr hacerse con un buen ajuar de pieles y alimentos que garantizaban su supervivencia durante al menos un ciclo solar más. Sin apenas darse cuenta, se convirtieron en comerciantes experimentados. Hasta la más pequeña hallaba el momento preciso para sonreír y convencer a su interlocutor de que debía llevar a cabo el trueque por el que discutía. Jamás lo utilizaron para lucrarse, sino que todo lo que recibían lo entregaban a los que más lo necesitaban.

El tiempo pasó y los niños formaron un equipo bien avenido y perfectamente ensamblado. Cada uno se ocupaba de una tarea y eran felices a su manera. Echaban de menos a sus padres, pero habían vuelto a sonreír y ya no temían a la nieve, al frío o al hambre. Descubrieron que hasta la más temible de las calamidades se supera con un poco de ayuda y tesón. Y se entregaron a la tarea de servir a los más necesitados a pesar de su propia debilidad.

Su fama traspasó fronteras. Eran bien recibidos en todas las aldeas. Los más afortunados les entregaban lo que podían y los más necesitados acudían a ellos en busca de ayuda. A pesar de que todavía eran jóvenes, comprendieron que lo que hacían era grande y dieron las gracias a los espíritus de la tempestad por el camino que habían puesto bajo sus pies...