Revista Cultural Digital
ISSN: 1885-4524
Número 52 - Otoño 2018
Asociación Cultural Ars Creatio - Torrevieja

 
El préstamo Lourdes Aso Torralba

 

Relato ganador de la foto 2

 

 

La culpa la tuvo el banco. O la crisis. O mis malas decisiones. De un día para otro caí en la ruina. Después, en la depresión. Y más tarde, habría sido capaz de desenfundar un arma y arremeter contra todos esos tipos encorbatados que me habían ofrecido el paraíso sin leerme la letra pequeña. Que si llegaba para el apartamento, para cambiar el coche, para el viaje a las Bahamas, todo en un cuatro por uno. Total, veinte euros por aquí y cuarenta por allá, a fin de mes lo vendían como una ganga. Como si el dinero saliera cada noche del grifo. O como si eso que anunciaba tan serenamente nuestro presidente sobre el billete de quinientos que teníamos en casa tuviera además la virtud de la reproducción, no de uno en uno, sino de gemelos, trillizos o vaya usted a saber. Que con tanta reproducción asistida, en cuanto me llegó el desahucio, yo me quedé sin asistencia. Qué digo. Me plantaron las cosas en la acera, desnudando mi intimidad y sonrojándome por dentro y por fuera hasta que me quedó la piel en carne viva y la autoestima pisoteada a más no poder. Ni siquiera volví la cabeza para tomar unos gayumbos. Agarré una bicicleta que estaba aparcada una manzana más abajo de casa y me la llevé. Por primera vez en mi vida robaba. Dejé una nota en la que pedía perdón encarecidamente. «Dadas las circunstancias, no me queda más remedio. Ruego no lo interpretes como robo. Prometo devolvértela cuando regrese». De eso ya hace más de nueve años. Pero tengo bien memorizado el lugar exacto donde la cogí. Ahora esa bicicleta ha triplicado su valor. Me ha acompañado a dar la vuelta al mundo casi dos veces por la multitud de despistes que me devolvían de nuevo al mismo lugar del camino y lo que tripliqué el trayecto al no haber usado la línea recta. Detalles tontos al fin, cuando uno pasa por los campos de refugiados y se siente uno de ellos, un paria en tierra de nadie, sin esperanza de futuro, sin casa, sin trabajo, sin un hogar para los niños. Mi escala de valores iba derrumbándose de a poquitos. Al llegar a tierras indias —elegía amuletos para que me acompañaran en mi bicicleta—, la imposibilidad de mezclarse las castas me hizo reflexionar. ¿Acaso nadie puede prosperar en la vida? ¿No puede haber posibilidad de cambiar? ¿Nacemos y morimos de una forma predeterminada? ¿Nos reencarnamos en otros seres? Permanecí en esas tierras pedaleando mucho más despacio, como si todavía la rueda de la vida no hubiera calado en mi interior y a cada pedalada adquiriera un miligramo de esa sabiduría reservada sólo para unos pocos. Pensaba que si de verdad tuviera que reencarnarme, me gustaría hacerlo en avispa, para poder aguijonear al maldito director de la sucursal que me había carcomido el cerebro para ganar él sus comisiones y dejarme a mí en la ruina. Se me pasó por la cabeza la reacción de mi exnovia si me hubiera visto reptar por el suelo con las nobles intenciones de enroscarme en su pantorrilla. Como no tenía con quién hablar subido a esa bicicleta que era mi casa y mi vida, lo hacía en voz alta y para mí mismo. Reí imaginando sus gritos, ésos que bien podrían haber alcanzado estas montañas próximas ya al Himalaya. Para entonces ya no me quedaban deseos de venganza. Admiraba los pequeños gestos de la gente, solidaria y afable cuando me dejaban usar agua para lavarme, un jergón donde reposar mis huesos, algo de comida que les faltaba. Algunos me miraban como con la compasión que se siente ante un desequilibrado mental. Era consciente de que mi aspecto zarrapastroso daba una impresión de mí que no coincidía con la que yo tenía por dentro, con la que sentía mi corazón, con la que estaba aprendiendo durante el viaje. Salí siendo un tipo fracasado y, pedalada a pedalada, con la casa a cuestas como los caracoles, me estaba transformando en el escarabajo de Kafka, un tipo al que nadie reconocería a su vuelta, si es que volvía como yo mismo. Una vez atravesé el charco, ya allá por las Pampas argentinas, comí raíces de árboles, admiré las cascadas de las aguas y me alarmó el calentamiento que precipita la caída del hielo en el Perito Moreno. En ocasiones, al atravesar aldeas, los niños me pedían que les dejara subirse encima de mi maleta y, a pesar de tener tan poco como yo, respetaban lo ajeno y reían con esa risa tan pura de la inocencia. Mi estado de ánimo fue como una montaña rusa. A días estaba exultante y otros estaba hundido en la miseria. Pero una fuerza sobrenatural me impulsaba a seguir, como si esa meta utópica que me había marcado de dar la vuelta al mundo en bicicleta fuera el mayor objetivo de mi vida. De mi asquerosa vida. Como si fuera la única razón por la que abría los ojos por las mañanas y me obligaba a seguir metiendo aire en los pulmones. Vi mucha gente tanto o más jodida que yo. Sin comida. Sin techo. Sin movilidad. Sin esperanza. Esas lecciones de vida me obligaban a tragarme mis lágrimas y mi orgullo. Me impulsaban al menos a completar lo que había empezado. Hasta que por fin completé el círculo en esa puerta del banco y un fotógrafo, ávido de tener la exclusiva del siglo, captó la imagen de la bicicleta prestada. Con cientos de pegatinas de todo el mundo pegadas en su manillar y en su carrocería, resultaba inconfundible y jamás indiferente. Vi a un tipo que no le quitaba ojo de encima. Imaginé si sería su dueño. «La tomé prestada hace nueve años», dije. «Lo sé. Te estaba esperando. Prometiste devolvérmela en este lugar. He venido a diario. Tiene un gran valor sentimental, ¿sabes?». Hablamos largo y tendido. Nuestros pedazos rotos parecían encajar. Me confesó que, allá en su tiempo de director, viajaba en bicicleta.