Revista Cultural Digital
ISSN: 1885-4524
Número 51 - Verano 2018
Asociación Cultural Ars Creatio - Torrevieja

 
Efectos secundarios Lourdes Aso Torralba

 

(Relato ganador del Certamen Aloha Criticón 2014)

 

Afuera ululaba el viento. Las chimeneas trabajaban a pleno rendimiento. Caía la noche. Las almas decentes ya estaban a cubierto. Las que no lo eran tanto vagaban entre las sombras. Traían mandados. Ejecutaban los planes. Escuchaban bajo los alféizares de las ventanas. Aguardaban acontecimientos. Esperaban saber datos certeros sobre el destino. Dentro, ajenos al espionaje, dos abuelos comían su sopa de ajos y se echaban el aliento apestoso el uno al otro.

—Apetece bien caliente, para caldear los huesos.

—¿No lo habrás dicho como indirecta?

—¡Qué va! Tú sólo eres una maldita calavera desdentada.

—Pues anda que tú...

Desde siempre, los viejos cascarrabias se picaban con asuntos de bellezas viejas, pues los espejos se rompían antes de devolverles la realidad. Las malas lenguas decían que era porque el mismísimo Satanás no se sentía a gusto entre esas paredes y que la señora de la guadaña se había declarado en huelga porque llegaba a liquidarlos —tanto daba cuál— y le resucitaban antes de que alcanzara la puerta. En tales ocasiones, las carcajadas huecas producían un silbido de ultratumba que no invitaba a la dama a regresar.

Por eso, cuando recibió la orden de rematar la faena, escuchó los consejos de los sabios, hechiceros, brujos y demás seres emparentados con el más allá. Meditó durante al menos cuarenta días, los necesarios para purificar su alma. Estudió las leyes de la alquimia y los tratados sobre pócimas milagrosas recordando venganzas sangrientas, muertes fulminantes y suicidios a los que había llegado —demasiado tarde y como simple espectadora— para atrapar al espíritu en un frasco de cristal y llevarlo al purgatorio.

Urdió su plan con notable satisfacción, pues el cianuro era veneno rápido y los viejos, cuando tenían sopas, no hablaban ni por casualidad. En un amén Jesús rebañaban el plato y sólo después reanudaban la conversación.

—Huele a almendras. ¿Las echaste tú?

—¿Yo? Qué va —paladea despacio—. Sabe amarga, la condenada.

—Lleva cianuro, idiota. Mira que te dije mil veces que la probaran antes los ratones.

—¿Y desperdiciarla así cuando sólo estamos nosotros? Yo no fui, así que eres tú quien quiere matarme.

—Y matarme yo también de paso. Te lo has creído. A mí no me facturan al otro barrio todavía. A lo mejor son cosas nuestras. La memoria no es lo que era, el paladar tampoco.

Bajan el plato al suelo y esperan que sirva de reclamo.

—Envidioso.

—Mal nacido.

—Te jorobarás porque no hice testamento a tu favor.

—Ni yo.

Un grupo de ratas de laboratorio, con las que ya habían probado el elixir de la eterna juventud, sorben en el plato y caen panza arriba. Los viejos se miran. Callan unos segundos. Ríen con esa risa histérica que precede a la tragedia.

—Estás ya más muerto que vivo. Cualquiera diría que te has escapado de una tumba.

—Mira quién fue a hablar. Si tú hasta llevas restos del sudario pegados a la osamenta.

—Lo que tú digas, pero esto está envenenado.

—¿Y quién te ha dicho que vaya a matarnos el veneno? En todo caso, buen provecho haga. Seguro que nos engorda, que falta hace.

—Te creería si no me doliera la barriga.

—Pues lo que yo te digo. Te está engrosando de repente. ¡Mírate! Pareces un globo a punto de volar.

Y tanto se ríe el viejo del otro que se le saltan las lágrimas de las cuencas vacías y van a caer dentro de la sopa.

Pasan unos minutos y, al no notar nada más, cogen las cucharas y juegan a ver quién termina antes el plato. Después meditan.

—Alguien ha querido matarnos. Seguro que es la urraca de la guadaña otra vez. Mala bruja.

—Pues habrá que hacerle creer que nos hemos muerto de verdad. ¿No te parece? Sería divertido observarla, esperar a que se confíe y matarla de un susto.

—Que caiga en su propia trampa.

—Que se entere de una vez de que nosotros somos inmortales.

—Que no ha podido con nosotros.

La parca negra no puede creérselo. No le hace falta hacer acto de presencia para saber que no ha logrado su objetivo, que los viejos han vuelto a jugársela otra vez. Aún en la distancia, escucha la música de sus huesos descoyuntados de risa. El cianuro los ha teñido de color verde fosforito y cada vez que se mueven, desprenden como un halo luminoso que prolonga sombras chinescas sobre la pared. Se entretienen como niños sin acordarse de la hora de dormir. Las cosquillas les recorren los tuétanos, los vecinos los llaman al orden y al no obtener resultado alguno, conminan a la autoridad policial a que les cierre la boca.

—¿No saben ustedes la hora que es? Sus vecinos necesitan descansar y con tanto alboroto no pueden pegar ojo.

Los viejos, más sordos que tapias, continúan riendo como niños.

—Vamos a tener que detenerlos. ¡Documentación!

Esos gestos sí los captan y uno de los viejos marcha desnudo hasta alcanzar el mueble del salón. Saca unas partidas de nacimiento del año mil quinientos treinta y se la tiende al agente.

—Aquí tiene, señor agente.

Es entonces cuando un guardia mira al otro y se percatan de la desnudez absoluta, por lo que añaden:

—A los cargos por intoxicación acústica sumaremos el de escándalo público por ausencia de vestimenta.

Echa la mano a las esposas, que forman parte del uniforme, insta al primer viejo a que le preste las muñecas para proceder a la detención y, con la misma facilidad que uno acciona el chic del cierre, el otro se desprende del metal.

El segundo viejo se deshace en aguas. Está sudando el cianuro por los poros del sudario y de su boca desdentada salen espumas verdes que espantan a los agentes, tan curtidos en primeros auxilios.

—No me sentaron bien las sopas. ¿Sabe usted que estaban envenenadas? ¿Se lo puede creer? Pues aun así y con todo, míreme lo enterito que me mantengo. Sólo un ligero mareo, pero enseguida se me pasa. ¿Es usted doctor? ¿No? Lástima. Haría carrera con lo de hoy. Caso único. Habría podido presumir de haber resucitado a un muerto y, créame, eso no sucede todos los días, no señor.

Mientras tanto, y siguiendo el protocolo, el agente saca la máquina para teclear la fecha de nacimiento y nombre completo del acusado en busca de antecedentes.

«Individuo desconocido, individuo desconocido, individuo desconocido».

—¿Y ahora qué hacemos? —le pregunta al superior.

—Pues qué pregunta. Llevárnoslos al calabozo.

A los viejos les divierte la excursión. Llevan sin salir de casa más años que Matusalén y no se han montado en un vehículo tan brillante como el de los agentes.

La señora de la guadaña sonríe. Sólo tiene que provocar un accidente, estampar el coche contra una farola, colocarlo debajo de las ruedas de un camión y acabar con ese montón de huesos de los vejestorios. Dicho y hecho, desliza un enorme charco de aceite sobre el asfalto, las ruedas patinan, el coche pierde el control y choca, se rompe el cristal del parabrisas y los agentes quedan enjaulados entre la carrocería. Los dos viejos saltan por los aires hasta dar con las posaderas encima de un sucio colchón situado cerca de un contenedor de basura.

—Podíamos llevárnoslo a casa ¿te parece?

—Para que lo uses tú y no me lo dejes. No pienso deslomarme por esa mierda.

—Imbécil.

—Mala pécora.

Habrían seguido discutiendo si no les hubiera entrado frío. Los huesos de quinientos años se vuelven caprichosos y reclaman atención.

«Marchad a casa de una vez. O vestidnos. Que si no, os vamos a acusar de malos tratos». —Así de claro lo tenía el carbonato cálcico y el fósforo de su interior.

—¿Dicen algo? ¿Necesitan algo los señores? —pregunta un desconocido. Les oí hablar de malos tratos y ya ven ustedes, que uno cuando no quiere morir se conciencia mucho.

Era imposible que hubiera oído la conversación ósea que discurría paralela al deambular.

—Un hospital —suelta uno de los viejos, para chinchar al otro.

—Lo necesitarás tú.

—Los dos. ¿No ves que nos han envenenado?

El desconocido saca su cámara de fotos y dispara de forma compulsiva. Ve la exclusiva en los periódicos. Piensa en la oportunidad de su vida. Enfoca bien para centrar la imagen y cuando intenta comprobar el resultado, se mesa el cabello desconcertado. Se le han velado las fotografías. Aparece un fondo negro nada más.

—Los fantasmas somos esquivos por naturaleza, ya ve usted. Esta noche hemos salido a festejar el nuevo golpe de suerte. Ya van trescientas veces que nos salvamos por los pelos.

—Yo los veo. Están ustedes delante de mí. Si bien es cierto que un poco desmejorados, no me parecen precisamente del otro mundo —se aventura.

—Pues cuéntelo así en su periódico. Nos hará reír nuevamente. De paso, escriba que la señora de la guadaña busca novio joven que le dé guerra hasta que le haga olvidar esas estúpidas manías de perseguir a los vivos.

—¿Cómo voy a poner eso?

—Usted verá si quiere ser el siguiente. ¿No ve cómo le mira? Lleva cianuro en sus refajos. Necesita un muerto para seguir viva, y nosotros pensamos vivir aún varios lustros.

Mientras dos agentes de policía sufren un accidente por causas aún desconocidas, se ha extendido el rumor por la ciudad de que dos viejos andan sueltos en pelotas, dicen haber sido víctimas de un envenenamiento con cianuro y sus huesos desprenden un color verde fosforito. Si los ven comiendo sopas —su plato preferido—, no duden en ponerse en contacto con la autoridad. Se gratificará.

Los viejos regresan a sus aposentos. Les rugen las tripas. Se preguntan qué hay de cena. Y acuerdan el ayuno, no sea cosa de que las sopas... En su ausencia han tenido visita, y ahora hay otras dos viejas desdentadas revolviendo una cazuela que huele a ajos tiernos y a potaje. Lo peor de todo es que las viejas desnudas son tan horrorosas que dan ganas de correr. Ellos van a tardar una eternidad en echarlas a suertes, pues ellas dicen haber venido para quedarse. También están dispuestas a compartirlo todo, veneno incluido. ¿Cómo van a negarles semejante capricho si por fin se les acabaron los problemas? La señora de la guadaña se retuerce dentro de un frasquito de cristal. La encontraron así mientras hacía un conjuro. Los cuatro esqueletos ríen tanto que se les descomponen las piezas y se entretienen recomponiéndose unos a otros, como niños...