Revista Cultural Digital
ISSN: 1885-4524
Número 50 - Primavera 2018
Asociación Cultural Ars Creatio - Torrevieja

 
Cincuenta y cinco grados norte Miguel Ramón Aráez Moreno

 

En un relato titulado Skogskyrkogarden, escribí hace muchos años que «el norte es silencio, luz crepuscular y ansia de estrella polar». Por aquel entonces tenía bastante miedo a volar en avión y apenas si pude asomarme por la ventanilla para ver Helsinki desde los cielos, así que todo lo que conté al respecto sobre las vistas y la azafata fue fruto de mi imaginación.

Sin embargo, ahora he perdido el miedo a volar, y en la tarde límpida del último agosto miré sin problemas por la ventanilla y pude contemplar desde las alturas el gran puente que une Dinamarca con Suecia sobre el estrecho de Oresund. Es más, disfruté mucho del trayecto y de la novela que estaba leyendo en la que el narrador, con un continuo juego de espejos, me había hecho creer que los zapatos de piel que asomaban a mi izquierda sobre el pasillo eran los suyos. No quise girarme para no deshacer el hechizo.

Este verano también descubrí que, como a mí, el mes que más le gusta al poeta Claudio Rodríguez es noviembre.

A cincuenta y cinco grados de latitud norte, cuando el día es soleado, la luz del cielo por encima de los edificios y sobre los rostros de la gente es la misma que en el mes del poeta a orillas del Mediterráneo, mi lugar de origen.

La primera tarde que pasamos en Copenhague cenamos en una pizzería con unos amplios ventanales que daban sobre la estación central. Tras varios días recorriendo en tren y en barco la península de Jutlandia, quiso la casualidad que la última comida en la ciudad, antes de marchar al aeropuerto, la hiciéramos en la misma pizzería. «Se cierra el círculo», pensé.

Tras los ventanales aparecían ahora, dorados por la luz de la incipiente tarde, los edificios colindantes mientras los perfiles de mis acompañantes se oscurecían ante el destello azul del horizonte. Hablaban del futuro lejano, de volver a la rutina.

Y por un momento quise no regresar a casa, quedarme allí, como el poeta en noviembre, colgado en aquel silencio, de aquella luz que pronto sería crepuscular, de aquel ansia de estrella polar que tanto me fascinó años atrás.