Revista Cultural Digital
ISSN: 1885-4524
Número 51 - Verano 2018
Asociación Cultural Ars Creatio - Torrevieja

 
El soneto goza de buena salud Modesto González Lucas

 

La antología sonetos para el siglo XXI (Ediciones Vitruvio, colección "Baños del Carmen", nº 672; Madrid, 2017) viene ahora precisamente a demostrarlo.


Gerardo Diego afirmaba que el soneto era «la forma más evangélica del continuo mensaje o envío de la poesía. La más canónica, la más intangible y perenne. El soneto ha durado ya siete siglos largos y es la mayor garantía contra la injuria del tiempo y la corrupción de la lengua». El soneto, tiene razón Gerardo Diego, goza de buena salud a pesar de haber cumplido más de setecientos años de edad: nació en la Sicilia de Federico II, en el siglo XII. A partir de ese momento, algunos de los poetas occidentales más destacados han escrito sonetos. La lista es tan extensa, tan prestigiosa y, en cierto modo, tan gloriosa, que resulta imposible ponerle límites: Francesco Petrarca, Dante Alighieri, Garcilaso de la Vega, Fray Luis de León, Luis de Góngora, Lope de Vega, Francisco de Quevedo, William Shakespeare, Charles Baudelaire, Rainer María Rilke, Antonio Machado, Juan Ramón Jiménez, Gerardo Diego, Miguel de Unamuno, Jorge Guillén, Rafael Alberti, Federico García Lorca, Miguel Hernández, Blas de Otero, Jorge Luis Borge, José Hierro... y tantos otros para  no ser olvidados. Los últimos poemas de García Lorca eran los Sonetos del amor oscuro, escritos entre 1935 y 1936. En la madrugada del 19 al 20 de agosto de 1936, el poeta de Fuentevaqueros era asesinado, todo el mundo sabe por quién y por qué.

Hoy el soneto está más vivo que nunca. Es decir, algunos de los más destacados poetas españoles actuales siguen escribiendo sonetos. Esta antología lo pone de manifiesto: Antonio Gamoneda, Carlos Murciano, Antonio Hernández, Luis Alberto de Cuenca, Carlos Aganzo, Pedro Cordero, Justo Jorge Padrón, Luis García Montero, José María Muñoz Quirós, Francisco Moral, Carmina Casala, Idoia Arbillaga, Antonio Daganzo y yo mismo... Pero ¿qué tiene el soneto que no tenga otra composición poética? En realidad, no tiene nada de especial o tal vez sí. La poesía es algo inexistente hasta que se materializa en un poema, en palabras que dicen más de lo que dicen sin que digan nada y al mismo tiempo lo digan todo.

Como escribía Juan Ramón Jiménez refiriéndose al poema: «¡No le toques ya más,/ que así es la rosa!». Un buen poema es eso, se escriba en verso libre o con rima y medida. Pero entonces ¿por qué este empeño en seguir y seguir escribiendo sonetos? Tal vez esta frase de Enra Pound aclare algo esta cuestión: «La música empieza a atrofiarse cuando se aleja de la danza, y la poesía  empieza a atrofiarse cuando se aleja de la música». Al final todo se sustenta en la música, el  soneto, antes que nada.

Lope de Vega le hizo un flaco favor al dedicarle uno a Violante. Desde entonces, para un buen número de lectores, ha quedado establecido que el soneto es un poema de catorce versos sin más. Nada más lejos de la realidad. Además de los dos cuartetos y los dos tercetos, hay que tener muy en cuenta los endecasílabos con su rima consonante, sus acentos, sus cesuras, sus encabalgamientos... Las cuestiones técnicas son importantes, decisivas al hablar del soneto. Todo aquel que aspire a escribir uno debe conocerlas y, lo que es más importante, aplicarlas. Pero la técnica nunca tiene por qué convertirse en una limitación, sino todo lo contrario. La técnica bien aplicada potencia la expresión poética, nunca al revés. En esto consiste el milagro del soneto en castellano desde que Garcilaso de la Vega, influido por su buen amigo Juan Boscán, comenzó a escribirlos.