Revista Cultural Digital
ISSN: 1885-4524
Número 51 - Verano 2018
Asociación Cultural Ars Creatio - Torrevieja

 
La azotea Eliseo PĂ©rez Gracia

 

Pequeños relatos para casi no conciliar el sueño.

Primera entrega. La azotea.

J. M. llegó a su casa exhausta, tras una agotadora jornada de trabajo en la administración de fincas «Hermanos Chamorro, si no te llevo bien la comunidad, del mundo me borro». Dejó bolso y abrigo en el saloncito y entró en la cocina. Horror, la asistenta, que limpiaba dos mañanas por semana, le había dejado una nota, pegada a la puerta del «refrigerátor», que decía así: «Hay ropa tendida en la terraza». Bueno, bueno, cuanto antes subiera y la recogiera, antes podría entrar en fase de relax-descanso. Así que en un alarde de audacia y compromiso, a pesar de su cansancio, agarró con determinación el cesto de la ropa y la caja de las pinzas y salió de casa rumbo a la azotea. Ascensor, piso doce, caja de escalera y, al fin, la puerta que abrió con un llavín y le permitió acceder al espacio al aire libre en el que se encontraban los tendederos, y en ellos, su ropa balanceándose al viento de la avanzada tarde. Estaba ya fosco (o sea, a medio oscurecer tirando a oscuro). Apenas comenzada la tarea de quitarle las pinzas a una blusa, de manera súbita, se cerró dando un portazo la puerta metálica que comunicaba la terraza con el interior del edificio. Vaya rollo, pensó J. M., y se dirigió a abrirla de nuevo. Pero, oh sielos, la puerta no abría, imposible, pues sólo estaba con el resbalón. De todas formas, introdujo la llave, pero ésta no giraba, lo intentó de nuevo, pero si quieres arroz Catalina; empujó, forzó, se aplicó a conciencia, pero nada de nada. La puerta no cedía. Qué absurdo, encerrada en la azotea. Se asomó al antepecho del patio de vecinos y elevando la voz llamó a los del último piso, «Sebastián, Lola, soy J. M., por favor, subir aquí arriba, que la puerta se ha atascado y no puedo abrirla». A pesar de que se veía luz en el piso, nadie acudió a su requerimiento. Algo más nerviosa, o mucho más nerviosa, pasó a la fase de gritar «Por favooor, si alguien me oye, soy J. M., la vecina del quinto A, me he quedado encerrada en la terraza, que alguien me abra». Pausa y vuelta a empezar. Cuanto más elevaba la voz, más ominoso era el silencio que le seguía. Era imposible que no hubiera ningún vecino que la oyera. Pasó pues a la fase de prepánico, «¡Socorro, auxilio! ¡Que alguien me abra la puerta de la terraza! Estoy encerrada, estoy desesperada, cariacontecida, y dentro de poco, si nadie me abre, también desgreñada, porque voy a empezar a tirarme de los pelos..., socorro..., ¡auxilio!». Al hacer una pausa en sus angustiosas llamadas al vecindario, de repente, a sus espaldas se oyeron al mismo tiempo cuatro portazos. Se volvió sobresaltada para comprobar que las puertas de cuatro trasteros se habían abierto de ruidosa mala manera. Qué susto. Pero más susto le dio, no exento de terror aterrador, comprobar que cuatro figuras deformes e inhumanas comenzaban a salir de los habitáculos, con paso lento y errático, a la vez que emitían nada tranquilizadores sonidos guturales. Y se dirigían, arrastrando los pies, hacia ella, despacio pero de forma inexorable. Un sudor frío comenzó a recorrerle la espalda, a la vez que le castañeteaban los dientes, incluidos dos implantes y una corona. J. M. ya no pedía auxilio, lo aullaba; y a la vez, cavilaba, «Maere mía, esto no me puede estar pasando. Vienen hacía mí. Parecen zombis. Ay, ay, no lo parecen, lo son». «Efectiwónder», eran dos zombis como masculinos y dos zombis como femeninos: con las caras rajadas, cerúleas, con heridas de las que emergían, asquerosos, una especie de «gusanacos» color gris perla, en lugar de manos tenían garras con largas y retorcidas uñas, la ropa hecha andrajos, el cráneo cubierto de pelo ralo y costras purulentas. Y avanzaban, y avanzaban, sin parar de sisear. J. M., sin dejar de gritar «ostentóreamente», corrió al rincón de la azotea que se encontraba más alejado de los seres de ultratumba. Fue inútil; avanzando sin prisa, pero sin pausa, los zombis, o lo que fueran, al fin la acorralaron. Aunque J. M. seguía chillando histéricamente (como para no hacerlo), a la vez discurrió de la siguiente estoica manera: «Amiga, hasta aquí hemos llegado; reza lo que sepas y disponte a morir de esta forma tan inusual, tan despiadada y tan terrorífica». No había escapatoria, el cerco de las cuatro figuras espectrales se cerraba. Fue en ese instante cuando, de manera vertiginosa y casi fotográfica, desfilaron por su atormentada mente imágenes de su vida. Y la última frase, recuerdo de la infancia, que albergó su mente, justo antes de que las garras y bocas «zombiescas» comenzaran a desgarrar y morder, fue la siguiente: «Atención, atención, ha llegado a su ciudad el camión del tapicero».