Revista Cultural Digital
ISSN: 1885-4524
Número 51 - Verano 2018
Asociación Cultural Ars Creatio - Torrevieja

 
El francotirador Manuel Pérez Garcí­a

 

Por entre flores rojas y ramas de verde helecho, la sangre, gota a gota, fue bajando del sillón y formando una roja mancha en la blanca moqueta extendida a lo largo y ancho del amplio salón. Los dos cuerpos fusionados, las labios unidos en el beso eterno y un orificio en cada cráneo era el final del plan estudiado hasta en los mínimos detalles y el momento al que tarde o temprano debían llegar. Pero ¿cuándo?, él no lo supo hasta el preciso instante en que las dos balas atravesaron el cristal del ventanal que daba paso al balcón y el ardor entre sus ojos se transformó en la convicción de que ya nadie los podría separar.

De las concurridas mesas del bar en la Estación Central se escapaba el desafinado coro de viajeros expectantes de la hora de su tren. En la más alejada distinguió una sombra que esperaba. Dudó en acercarse, dudó de todo lo planificado, pero en ese instante se presentó la cara de ella marcada por la desesperanza de largas noches de insomnio, de los vómitos, de ese cúmulo de hechos presagiadores del cierto final que a ambos aguardaba.

—Tengo que hacerlo, ahora no puedo vacilar, ¿qué me pasa?

Cada pregunta era un paso más que lo acercaba y sin quererlo vio que la sombra posaba sus negros ojos en él al tiempo de llevar su mano al ala del sombrero, que, casi en su totalidad, le cubría la cara.

—Usted es quien me busca, ¿verdad? —preguntó con frialdad y voz cortante.

—Sí. Garrido, el diputado, amigo en común, me dio su nombre y teléfono. Aseguró que usted le había hecho algunos... llamémosles trabajos, y que podría realizar lo que le vengo a proponer sin complicaciones.

—Antes que nada, sabe que esto le saldrá caro. Son muchos los riesgos de mi trabajo. Cuando se descubren cadáveres, toda la policía está detrás. Si me alcanzan, no creo que en una circunstancia así acepten la palabra de Garrido como testimonio.

Así comenzó nuestra conversación en el anonimato de la estación. Anduvimos el andén tres de extremo a extremo como dos pasajeros a punto de ascender a un vagón. Se hacía difícil explicar el encargo. No creía que pudiera entender la razón, aunque la misma estuviera presente en mi paso titubeante mientras las gotas de sudor encontraban refugio en los pliegues de esta piel ajada.

—Sólo es un caso de amor. Como tal debe interpretarlo.

—Comprenderá usted que los motivos de este trabajo son nuevos para mí, pero tampoco me van a afectar.

Detenidos en medio del andén, eran dos oscuros contornos a punto de desaparecer en el desmedido perfil de los vagones.

—Los he tenido de todo tipo, sobre todo políticos, sin duda los más seguros, pero esta especie de muerte por amor no puedo entenderla tan siquiera como suicidio.

—Piense en una muerte asistida. Yo no puedo disparar contra ella y a ella le es imposible poner el revólver en mi frente. ¿Y si no morimos? ¿Y si por una fracción de segundo alguien se adelanta? Entiéndalo, tendrá todas las facilidades y la justa recompensa.

Los rayos del sol formaban en la pared una flameante bandera entre cuadros y recuerdos, y de sobremanera eran capaces de verter toda su fluorescencia en el óleo donde tu sonrisa irradiaba más luz aún. Cuánto tiempo pasó desde que posaste en el destartalado estudio de la Ciudad Vieja en el que desfilaban las horas suspirando por pintar al amor. Las días transcurrían mezclando colores y, los trazos sobre el lienzo, sólo me permitían sentir la frustración de poder matizar la naturaleza pero no de darles rasgo y color a las pasiones amontonadas en el vacío interior. Quién te trajo no lo sé, ni tú lo sabes. Llegaste una tarde gris de otoño con la llovizna perlando tu gabardina y el pelo enredado, sabía que venías para no irte, y así fue que en la tela el color reveló el contorno de tu piel desnuda y memorizó palmo a palmo el ímpetu de dos ojos plenos de albor. Los pinceles ya tenían vida.

Desde el edificio de enfrente, con la ventana abierta y las persianas discretamente levantadas, notó las paredes repletas de cuadros y las dos imágenes con las manos enlazadas caminando con dificultad hacia el sofá. Sabían que estaba allí. Había aceptado la oferta, pues el pintor era un favorecido del diputado Garrido y era consciente de la importancia de cumplir con los recomendados de alguien que habitualmente le proporcionaba trabajo. Lo demás no podía comprenderlo. Le resultaba más difícil disparar contra dos ancianos que deseaban morir abrazados que ante algún demagogo en un estrado.

—No importa el día, pero tiene que hacerlo. Nuestra rutina le facilitará las cosas. Por la mañana y a las once. Allí estaremos abrazados como si fuera el último y queremos seguir nuestro camino así, abrazados. En este papel tiene todos los pasos que debe dar. Ya ve, no dejamos nada al azar. Usted sólo tiene que apretar dos veces el gatillo en la menor fracción de tiempo posible.

Todo fue tan rápido, y cuántas veces lo hablamos, amor mío, ¿recuerdas? La primera vez fue en verano, cuando descubrimos que nuestros cuerpos, incapaces de ser tormenta, amainaron el fuego del deseo. Cuando el pincel era temblor en las manos y el desteñido color del tiempo cubría lienzos y más lienzos sin satisfacer en nada las expectativas hechas rutina. Ya nada volverá a ser igual y, tercos, nuestros cuerpos se niegan a separarse. El atardecer entre los árboles dejaba una lejana estela de recuerdos. Repasábamos el trayecto andado, reías con anécdotas tontas y festejábamos momentos soñados.

—Es el final —dijiste mientras el humo que escapaba de la tetera posada frente a nuestros ojos aparentaba a un genio saliendo de su lámpara—. Nuestro amor tiene final porque lo tienen nuestras vidas.

—Uno de nosotros partirá primero —insinué yo sin atinar a reparar más allá de las palabras.

—No debe ser así. Debemos partir en el mismo instante, abrazados, con el florecer de cada instante compartido, sintiendo el calor de los cuerpos, gustando del roce de los labios. No soportaría besar el mármol de un cadáver y sé que tú tampoco lo harías.

Con tranquilidad desplegaste una hoja escrita con la misma letra menuda de tus versos, y punto tras punto comprendí hasta dónde el deseo de esa piel levemente tersa cabía en la mía. El genio desde lo alto me dijo que sí.

La estreché con más fuerza. Me había parecido ver el perfil de un sombrero en la ventana del edificio de enfrente y, a pesar de ello, cuando la primera bala rompió el cristal de la puerta del balcón, nos estremecimos. Siguió sin vacilar su trayecto hasta dar en tu sien derecha y así dejar en la amnesia total todos tus gestos. Apenas pude girar la cabeza cuando la segunda bala impactó entre mis dos cejas. Tu sonrisa fue el trazo de mi pincel, la creadora has sido tú. Tu piel se hace pálida, acentuó su matiz. No sentí dolor, pero ya no soy capaz de seguir escribiendo.

Al final no dudó. Con la celeridad de alguien acostumbrado a finiquitar su trabajo con eficacia, el dedo índice de la mano derecha se posó sobre el gatillo del fusil y lo presionó dos veces. Qué pena que la sangre afectara la inmaculada alfombra y algún casquillo estropeara la sonrisa del cuadro. El francotirador se incorporó y guardó el fusil en un estuche de violín. Abrochó las mangas de la camisa, se puso la chaqueta y, al momento de dirigirse a la puerta del apartamento, el timbre del teléfono móvil lo sacó de su mecánica abstracción.

—Hola. ¿Señor Garrido? Sí, el trabajo está hecho. ¿Primero recogerá los cuadros? Bien, pero avíseme cuando ingrese el dinero a mi cuenta.