Revista Cultural Digital
ISSN: 1885-4524
Número 52 - Otoño 2018
Asociación Cultural Ars Creatio - Torrevieja

 
La puesta en escena del belén Conchita Moreno Alonso

 

Un mismo escenario puede tener dos visiones.

Hay un recuerdo lejano que es totalmente subjetivo, en el que tienen un papel importante las  emociones. Y luego viene la visión objetiva de ese mismo recuerdo, donde se describe lo que en realidad se ve, en el momento presente, todo ello carente de emoción.

Empezamos con aquel escenario ya lejano, muy lejano en el tiempo, cuando comenzó mi ilusión por poner el belén. Me reconozco desde muy niña. El primer recuerdo —no tendría más de ocho años— fue ver a mi tía sacar de una caja pastorcitos, cabritas, la vaca y el buey. Eran pocas cosas y estaban regular de conservadas.

—Todo esto —me dijo— pertenece a un belén que yo ponía de pequeña. Cuando vino la riada en Orihuela pude salvar algunas cosas del agua, y ahora son para ti. Además, toma un duro y vas a los puestos que hay de figuras de barro y compras los Reyes Magos.

Creo que ahí empezó todo. Recuerdo con mucho cariño este momento.

Me hacía mucha ilusión, en cuanto ponían los puestos, comprar figuritas. Tengo de todo: lavandera, pescador, castañera, panadero, casitas.

Pasaron los años, y mientras mis hijos eran pequeños, mi ilusión se traspasó a ellos. Ellos ya no compraban casi nada. Estaba todo. Además, empezó el plástico, y eso sí que no.

En fin, se ponía un belén con sus montañas, cielo, estrella que guía a los Reyes Magos, iluminación...

Han pasado los años. Han venido los nietos. De nuevo, niños.

Como en la actualidad tengo una casa más grande, el pasado año decidí poner el belén espacioso que siempre soñé. Pensé: los niños van a disfrutar.

Compré más papel para el cielo y las montañas, recogí tierra, ramas de pino. Costó trabajo, pero quedó bien.

Los nietos llegaron y, bueno, ellos estaban a sus juegos. Poco caso. Tuve que poner sillas alrededor para que el más pequeño no tirara nada.

Yo, que creía haber realizado una obra de arte, que creía iba a ser aplaudida por mi esfuerzo, pude comprobar que los niños jugaban con todos esos juegos que ahora les entretienen tanto.

Miré el belén, que, bueno, estaba bien, pero ni lo había iluminado, ni el cielo que compré era de mi gusto. En fin, era algo bastante corriente.

Los tiempos son otros, me dije.

Aquellos nacimientos, aunque más pequeños, estaban muy bien hechos. Tenían la ilusión de lo primero y el calor de ser bien recibidos. Hoy la vida marcha de otra forma.

Pasados los Reyes, guardé todo. Y aún lo conservo. Y cuando llega la Navidad, lo que verdaderamente vive en mí es el recuerdo de aquel primer escenario.