Revista Cultural Digital
ISSN: 1885-4524
Número 51 - Verano 2018
Asociación Cultural Ars Creatio - Torrevieja

 
Ligereza Miguel Ramón Aráez Moreno

 

Sigo. Pasan los días, luminosos

a ras de tierra, y sobre las colinas

ciegos de altura insoportable, y bellos

igual que un estertor de alondra nueva.

 

Canto del caminante. Claudio Rodríguez

 

 

Detenido ante la luz roja del semáforo para los peatones, me pregunto cuánto tiempo hacía que no iba caminando al trabajo, o al lugar en que mis horas se ocupan.

Revolviendo en la memora, como en una vieja maleta, mientras decenas de coches fluyen en torno a una monumental rotonda en todas direcciones, el recuerdo también avanza y, tras décadas de desplazamiento en coche, tren, metro o autobús, llego hasta el camino que hacía de mi casa al colegio. Busco en el navegador esa ciudad remota y el itinerario que me ofrece no atraviesa la calle de la Paz, sino la de Diego Ramírez, mucho más ruidosa y transitada.

Mientras avanzo por las calles del presente, tomo sin duda —desoyendo los consejos de Google— la calle de la Paz, recta durante más de un kilómetro y con una suave y prolongada cuesta que, a mitad de trayecto, te hace contemplar desde la altura toda su extensión.

En las mañanas de otoño como ésta, era bonito mirar hacia la derecha por las bocacalles, si el camino era de ida. O hacia la izquierda, sobre las cinco y media de la tarde, ya de regreso, y distinguir en la lejanía los mástiles de los veleros dorados por el sol, atracados en el puerto deportivo, o un carguero quizás, tras el muelle de Levante. Era como en La isla de Arturo de Elsa Morante.

Ahora en el cielo hay cirros, y no me importa prever, como si nada me afectara, los cúmulos que vendrán a finales de febrero.