Revista Cultural Digital
ISSN: 1885-4524
Número 48 - OtoƱo 2017
Asociación Cultural Ars Creatio - Torrevieja

 
IV Ruta de los Centinelas: la comunidad del aro Javier Nieto Roca

 

A las tres de la madrugada del pasado día 22 de septiembre, desde la plaza de la Constitución de Torrevieja, tuvo lugar la salida de la IV Ruta de los Centinelas.

Para muchos una hora intempestiva, una hora reservada al sueño de la mayoría. Para otros, para los dulces y quienes nos velan, la hora del control nocturno. En recuerdo de todos ellos y sus noches sin dormir, a la voz de

¡Que vienen los romanos!

un grupo de buenos amigos despidieron a cuatro centinelas, tres de a pie y una montura dispuestos a portar el aro azul, desde aquí hasta Cartagena.

  

El aro giró por toda la fachada litoral de los municipios de Torrevieja y Guardamar del Segura, las playas del Cura, de los Locos, el Cabo Cervera con su torre vigía, la torre y el embarcadero de La Mata, los Tusales, el Campo, el Moncayo, la Roqueta, Playa Centro y de ahí al corazón de Guardamar.

La luz de nuestro caballero nos guió en una oscura noche, las alegres conversaciones del inicio se fueron acallando a la vez que nuestros pasos se hacían mas pesados sobre la arena, el cadencioso rumor de las olas y una fresca brisa nos acompañaron y la espuma salada fue secando nuestros labios. La sal, verdadero tesoro de esta tierra.

A pesar de ser las cinco de la mañana, la primera autoridad de Guardamar del Segura nos esperaba frente a la Casa Consistorial para recibir a los centinelas y para recibir el aviso que veníamos a dar y las gracias.

Siempre nos preguntaron por qué íbamos en dirección Norte para alcanzar Cartagena, que se encuentra en el Sur.

¿Vosotros no lo habríais hecho?

¿Hubierais dejado a los íberos de Cabezo Lucero a merced de las legiones de Escipión?

Mereció la pena recorrer la margen derecha del río. La oscuridad era absoluta, el calor también era intenso, pero el ritmo era constante, las luces de los poblados recortaban en el horizonte los cabezos que se asoman al río y en esa  extraña luz se adivinaban las almas de los antiguos íberos que allí reposan.

Antes de alcanzar el puente de Rojales, dos centinelas se unieron a nosotros; compartir la magia del aro, de eso trata esta dulce locura, y así lo hicieron, rojaleros centinelas.

Aún era noche cerrada, pero también Rojales salió a nuestro paso, y allí dejamos nuestro mensaje y un gran agradecimiento. Sabemos que, si está en su mano, no dejarán al enemigo cruzar el río.

Al reanudar la marcha no tardamos en abandonar el río y afrontar el repecho que supone atravesar Benijófar y alcanzar los arcos de Ciudad Quesada, donde nos despedimos de nuestros amigos íberos de Rojales. Desde aquí, en un suave descenso, nos precipitamos hacia las lagunas, y de nuevo el paisaje adquiría una luz difusa, reflejando en ambos espejos los fuegos de los poblados que las circundan.

En esas horas en que la noche y el día se rozan, el calor y la humedad nos castigaron, pero nuestro aliento no se entrecortaba y el ritmo se mantenía. Estábamos cerca de alcanzar el primer tercio de carrera, y así lo hicimos, entrando en Los Montesinos, donde un reparador avituallamiento nos ofrecieron sus gentes.

Un nuevo impulso nos dieron sus autoridades en la Casa Consistorial, donde nos recibieron y donde tuvimos el placer de entregar nuestro mensaje. Una vez más el aro nos unió a pueblos, gentes, dulces y salados.

Cuatro centinelas alcanzamos Los Montesinos y siete partimos de allí. Al aro no le iban a faltar manos, ni piernas, ni monturas que compartieran su magia.

Definitivamente, con las primeras luces del día, nos alejamos de las lagunas. Esas primeras luces, siempre confusas, nos hicieron titubear un poco, y en vez de atravesar el saladar acabamos bordeándolo, pero alcanzamos la Torre de la Marquesa, y de ahí, con la alegría de los nuevos centinelas, subimos al altozano de San Miguel de Salinas.

La subida entre frutales seguía un ritmo tranquilo y nos llevaba con precisión en los tiempos establecidos para cumplir nuestro objetivo. Abandonamos las salinas, que atrás quedaban; con los primeros rayos del sol brillaban las montañas de sal, el auténtico tesoro de estas tierras. Cuando partáis, no olvidéis nunca echar un puñado de sal en vuestras alforjas.

Dos carros, tres monturas y cuatro de a pie formaban aquí la caravana de centinelas. Y un centinela más aguardaba en San Miguel de Salinas. En este enclave se vigilan perfectamente ambas lagunas y la vía que recorremos. También tuvimos el placer de departir con sus autoridades, momento que como los anteriores fuimos inmortalizando. Hasta aquí el aro ya había cubierto esa cifra mágica que todo el mundo reconoce como la que media entre Maratón y Atenas (42 km).

Desde allí nos aguardaba el tramo más largo de la ruta, los 21 kilómetros que nos separan del Pilar de la Horadada, un tramo que nos lleva junto al acueducto entre pinares, barrancos, cauces de ríos (Nacimiento, Seco), y por la Dehesa de Campoamor, por donde se sitúa la mítica mansión de Thiar, hasta el Pilar.

Lugares donde los bárbaros disfrutan de golpear una pelotita hasta hacerla desaparecer en un hoyo. Lugares donde el multicultural ejército de Aníbal no causaría ninguna sorpresa, donde esa mezcla de íberos, celtas, libio-fenicios, griegos, baleares y demás pueblos se unen y son todos iguales bajo el cielo azul.

Es bonito comprobar que por momentos en este paisaje te olvidas de la civilización y disfrutas del silencio.

El Sol invictus se alzó definitivamente, y aunque iba asomándose entre nubes se dejaba sentir sobre las cabezas de los centinelas. El aro seguía girando, los caballeros también querían compartirlo y alternativamente lo fuimos llevando. Algo habíamos hecho sólo regular, y algunas molestias empezaron a dar señales entre los primeros portadores del aro, no en vano habíamos sobrepasado la mitad de la aventura, 49 kilómetros. Las molestias crecieron y, entre unos y otros, fuimos manteniendo el ritmo lejos de los carros. Más que nunca se hizo visible la importante labor de la caballería.

La sal, el verdadero tesoro de esta tierra, faltó en nuestras alforjas. Parece mentira, viniendo de donde veníamos. Pero es que el Sol invictus nos estaba literalmente exprimiendo como los limones por entre los que cruzamos.

Una centinela, una alegre centinela, tuvo el honor de introducir el aro en el Pilar de la Horadada, y si hasta ahora habíamos tenido oportunidad de saborear la hospitalidad de los pueblos de la Vía Heraklea, aquí un mar de camisetas blancas de DiabetesCERO, de globos azules, de sonrisas y abrazos fueron el hermoso recibimiento que dieron a los centinelas: su alcalde, vecinos y autoridades, dulces y salados, Dt1, Dt2, Dt3, no tenemos palabras, sólo gracias.

 

Ocho centinelas alcanzaron el Pilar, kilómetro 62 de la Ruta, y nueve continuaron el camino, ocho de a pie y la incombustible montura. Unos quedaron allí, otros tres centinelas se sumaron al reto, algo de tensión, algo de contratiempo, algo de miedo y algo de sufrimiento, pero también mucho de ilusión, mucho de apoyo, mucho que compartir y sobre todo un aro mágico con un alma libre.

El paso por el Pilar supuso un punto de inflexión en todos los aspectos, y pese a todo, el objetivo permanecía intacto. Los centinelas estaban dispuestos a cumplir con el plan trazado, perdimos toda la ventaja que habíamos adquirido, pero esto hizo que los músculos se tensaran, que las cabezas sólo pensaran en una cosa: alcanzar la meta.

Pero la meta pasa por seguir difundiendo el mensaje, y éste llegó a San Pedro del Pinatar. Abandonamos territorio de Valencia y entramos en Murcia, nosotros seguimos uniendo pueblos, salados corriendo por dulces, cartagineses por íberos, y águilas romanas sobrevolando nuestras cabezas. Gracias, San Pedro, por vuestra bienvenida.

¿He dicho águilas romanas? Un águila en mitad de una rotonda nos da la bienvenida a San Javier, su sombra es muy alargada, porque aquí el Sol no es ya invictus, sino más bien malditus, el castigo es ejemplar, el agua es vital, el retraso se ha acumulado un poco, pero el convencimiento de que lo podemos conseguir es total.

 

Somos centinelas, tenemos una meta, un mensaje y un aro

En San Javier, sabiendo quizá el castigo que estábamos sufriendo, nos reciben con una agradable sombra, un avituallamiento de cuerpo y alma, un apoyo nuevo, un espaldarazo a nuestro mensaje, y se erigen en la puerta del Mar Menor para los centinelas, en la puerta del Campo Espartario. Restan tan sólo 26 kilómetros, pero el Sol sigue empeñado en que se hagan eternos.

Al paso por Roda, un cartaginés se une a la Ruta. Es el momento de apretar los dientes, de fijar la mirada en el horizonte y correr. Es el momento de echar una mirada a través del aro, todo se ve de diferente modo a través del aro. Al mirar a través del aro supimos que lo íbamos a conseguir.

El Cabezo Gordo, erguido en la llanura, fue testigo del paso veloz de los centinelas, dicen que la de Escipión fue una marcha relámpago, pues los centinelas fueron un rayo fugaz, os lo puedo asegurar.

El último avituallamiento fue en territorio de Torre Pacheco, campos fértiles, polvo y viento bajo el Sol abrasador. De nuevo, gracias a Torre Pacheco y sus autoridades, que alentaron esta última parada y llevaron consigo el mensaje por sus tierras. Tierras de molinos, de gigantes, de centinelas que con sus velas desafían al viento.

En la Puebla despedimos a un centinela y recibimos a una centinela. Una mujer que quería entender por qué, por qué no corro solo…, una mujer luchadora como todas las que empeñan sus esfuerzos en librar una batalla que no es suya propia, una batalla que se atribuyen como madres. Desde aquí un abrazo a todas ellas, espero que durante el camino encontrara alguna respuesta a su pregunta.

Más de doce horas de carrera y el aro sigue girando.

¡No corro solo..., corro con Diabetes!

Una frase tan sencilla y que encierra tanto. Nunca como hoy es tan cierta. Nunca como hoy adquiere tanto sentido. Nunca como hoy ha dejado de ser mía para ser vuestra. Los centinelas corren sin descanso, los centinelas corren, los centinelas..., la comunidad del aro.

Ocho kilómetros quedan para alcanzar las murallas de Qart-Hadast. Un centinela del norte, desde Finlandia, se une a la Ruta...

¿Hasta dónde llegan los ecos de Centinelas?

El aro une, el aro es mágico, os lo dije. En esta comunidad, a diferencia de la del anillo, no hay un solo portador, es una tarea común y un único mensaje.

Última posta, La Aparecida, muchos sentimientos, es lo que tiene la Ruta, no hace falta explicarlo todo, pero siempre intentamos abrir los ojos.

¡Abre los ojos...; si yo puedo, tú también!

Y si tú puedes, yo puedo, y si no puedo..., tú lo harás por mí.

Un último obstáculo, una última cuesta, y Centinelas estará a la vista de la ciudad de Asdrúbal. Entonces aparece una nueva batalla que librar, la de nuevos centinelas, cada uno marca su distancia, cada uno marca su ritmo, cada uno marca su meta... Pero ésta la quiero alcanzar a tu lado.

Son dos kilómetros y estaremos en la Torreciega, un lugar sagrado, porque la tierra que una vez fue sagrada lo es por siempre y... ¡por las barbas del enano!, porque toda la tierra lo es.

Ahí empieza o termina la calzada, cada uno decide si es principio o final, lindado de cipreses que nos ayudan a elevar las almas al cielo y las miradas a más altas metas.

Allí nos reciben las tropas de Aníbal, un centenar de guerreros y guerreras, un muro... ¡Un puto muro, señores!

El homenaje que por cumplir con nuestro objetivo allí no pudimos hacer, lo hago aquí, para ellos, para las blues que allí estaban esperando, los amigos y familiares, los cartagineses, los romanos, para todos y cada uno de ellos..., para SODICAR, para DiabetesCERO, para los Centinelas.

“Sabéis que no corro solo, que corro con Diabetes, pero después de tanto tiempo he descubierto que:

No corro solo... con Diabetes.

Corro con tiroides, corro sin ellas, corro con TDAH, corro con enfermedades raras, corro con Alzhéimer, corro con epilepsia, corro con el Cáncer y hasta con la fatalidad...

No vivo solo..., vivo con Diabetes.

Pero ésta es la vida que me ha tocado vivir, y hay que vivirla plenamente. Formamos parte de un muro, y para sostenerlo tenemos que estar juntos y mantenernos unidos, a veces perdemos piezas de nuestro muro y no es cierto que una nueva pieza cubra el hueco de la anterior; cada pieza es única e irrepetible, pero no podemos dejar el vacío a la rabia y a la ira, no podemos dejar que la tristeza invada nuestro muro, porque lo hará desmoronarse.

Sólo el Amor puede llenar nuestros vacíos, sólo el Amor puede unir con fuerza nuestro muro y hacerlo mas fuerte cada día. Por eso os digo: no renunciéis nunca a un abrazo, nunca dejéis pasar un beso, nunca silenciéis un “te quiero”.

Dice la canción que sólo los buenos se van, y a veces pienso que es verdad, que permanezcan por siempre en nuestro muro y en nuestra memoria.

¡Por Fran! ¡Por Wito!

¿Qué somos?

¡Un muro!

¡Pues todos juntos corred a las murallas, que vienen los romanos!

Y juntos corrimos hasta la muralla púnica, y entramos en el campo de batalla siendo las 17.36 horas, tras catorce horas y treinta y seis minutos de dulce locura contagiosa. Allí nos recibieron las autoridades de Cartagena, de Qart-Hadast, de Carthago Nova, y oímos el fragor de la batalla, de esta batalla en que el único enemigo es la enfermedad y el único héroe..., tú mismo.

La superación de nuestras metas, de nuestros miedos, del dolor, de las dudas y de los errores, nos hace fuertes, y si no, al menos nos quedará la satisfacción de habernos enfrentado a ellos, y eso... eso nos hace libres.

 

NOTA: Este es el relato de lo que fue la IV Ruta de los Centinelas, la carrera, pero os emplazamos a conocer más sobre la Ruta, sobre cómo fue la difusión del mensaje en los ocho municipios que hasta ahora hemos visitado, cómo será nuestra visita a los restantes, cómo Centinelas seguirá haciendo rodar el aro, cómo será el Seminario de Diabetes y Deporte que Centinelas ha propiciado, cómo funciona y qué es DiabetesCERO y muchas cosas más.