Revista Cultural Digital
ISSN: 1885-4524
Número 48 - Otoño 2017
Asociación Cultural Ars Creatio - Torrevieja

 
Desconstrucción Manuel Pérez García

 

Las puertas de la ciudad se abrieron al paso del ágil, seguro y confortable autobús que me transportaba al reencuentro con las aún no cicatrizadas aceras. Lo primero que llamó mi atención al momento de atravesar las primeras calles fue que poco, casi nada, había cambiado en el trayecto a la estación. No es que concibiera una transformación que la hiciera irreconocible a mis ojos, sino tan sólo la existencia de un acechante Cerbero a sus puertas guardando el regreso de quienes, en algún momento, dispusieran que el mundo no sólo es pequeño sino también carente de esas expectativas inoculadas desde la inocencia.

La desmaquillada pintura del cartel que da la bienvenida a todos los pasajeros pareció ser el único algo en manifestar alegría por la presencia de los pasajeros. Los cuerpos atareados, agrios; tampoco variaban la imagen del día de la partida; tal vez la presencia de un rictus más agrio en el dibujo, carente de mirada, decía que el tiempo en lo indulgente sí había pasado. El bar Estación continuaba al costado izquierdo del afiche publicitario de marlboro, algo insólito si tenemos en cuenta la fingida guerra contra el tabaquismo, y así, como tantas otras veces, llevé el andar hasta la puerta abierta junto a la O del paquete rojo con destacadas letras negras. Después de un viaje tan largo necesito uno, es probable que dos cafés bien cargados para despertar.

Hoy no sabría explicar por qué razón, cuando anochece tengo nostalgia de aquella ciudad y eso que la umbría de sus calles llegaba a ser por momentos lúgubre en muchas de ellas. Una procesión de ataúdes iba hoyando la crédula mirada infantil y asentando una forma de concebir cada día con la aceptación de que todo comienzo lleva consigo el convicto final. Pero entendido desde la distancia y la ausencia, esas imágenes hoy pueden aportar más ingenuidad a ese encantador de serpientes apto para revolverme el estómago y conjeturar cómo serían los adoquines que dejaron de existir si los hubiese andado al revés. Puedo imaginar muchas cosas, alterar momentos del pasado y revivirlos de forma más pausada y equilibrada, mas no osaría decir que eso es precisamente una virtud. Retener la certeza del pasado con el presentimiento del futuro.

Las tres mesas del bar son de buena madera. Todas las cosas viejas están bien hechas y el material es de calidad. Eso se lo oía decir a mi padre con frecuencia y hoy debo reconocerle la razón. Lo decía porque era un gran fumador y siempre defendió el aroma a tabaco barato que liaba en el patio, frente a los transparentes. Nos quieren habituar a esos cigarros que llegan de Virginia, los american blend, bien publicitados por rubias que sostienen entre los dedos de sus largos guantes la no menos larga boquilla. Nunca te hice caso, papá. Fumo rubios, y de aquellos en los que la publicidad se atavía de cowboy.

Preguntar qué fue de aquella ternura no debe incomodar, y más si los ejercicios de retentiva la prolongan tan incomprensible como cuando la adrenalina era un a modo de persistencia. Todo transmite adentrarse otra vez en aquel trayecto, pero esta vez a la inversa, y hacer más difícil de entender una realidad que, siendo omitida o percibida pero negada, culmina en una disposición con la certeza de que la nave ideada jamás llegará a puerto. No podría revelar aún hoy esa actitud, llamémosle diferenciante, ante algo que, pese no satisfacer en su plenitud, tampoco hubiera causado mayor perjuicio. Tal vez fue una prematura manifestación del delirio de la soledad, estado difícil de atrapar pero que muchas veces alcanza a ser fundamento. Lo cierto: no siempre existe una razón que guíe nuestras inestabilidades.

Las sillas, una frente a otra, hacen compañía a las mesas. Se parecen pero no son de la misma nobleza pese a la idéntica madera. Dejan la sensación de que el carpintero las imaginó durante una terrible resaca. El bar es sin duda propiedad de ese hombre que, de pie tras la barra, ejercita sin cesar su firma en el polvo acumulado en todos los rincones y en especial en el estaño. Luce con jactancia en su cara, sombría y flaca, un tupido bigote mientras el pelo, escaso y engominado, se aplasta sobre una cabeza ahuevada imposible de pasar inadvertida. Las sillas primitivas ardieron en una barricada durante el tiempo de las revueltas estudiantiles. Fueron las únicas palabras dichas sin apenas respirar y levantar la vista de la ilegible primera letra de su nombre.

En todo ello seguro ayudan los árboles, el cielo plomizo de otoño y la, a veces, inesperada lluvia enfadada y acechada desde la ventana que daba a la calle. Muchos paraguas retorcidos como olivos niegan su protección a los transeúntes, mientras un dulce olor anda desde la cocina hasta abofetear mi juicio y decir: no estás solo. Ahora pienso que lo evidente es que nunca lo quise estar; me abrumaba el miedo a ser lo que quería. Sí, atenaza el día tras día e inmortaliza los ojos cuando el agua lava los cristales; deja, junto al transparentar de la copa de los árboles balanceándose, los conocidos cables eléctricos amenazando desprenderse con un estallido de fuegos artificiales.

Fue lo único que dijo durante horas. Afanoso continúa mejorando su caligrafía. De vez en cuando se vuelve a contemplar la puerta, de la que cuelga un sucio cartel que dice «cerrado», y por consecuencia lo contrario a ojos de la calle. Se contempla el dedo índice derecho con la yema negra, lo que indica que es diestro y que aún queda mucho polvo por firmar.

Por momentos temo pensar todo eso desde la ausencia. Quisiera que mi memoria tuviera acceso a calles más claras, que haberlas hailas, montar en bicicleta y correr por ellas pedaleando en un perfecto equilibrio entre las dos ruedas y la convicción de que este proyecto es exactamente como lo deseé, entre aplausos de sillas acostumbradas a sentarse en la calle a la misma hora y el orgullo de oír decir que molesto mucho con mis piruetas. Saco pecho convencido de que alcanzo mi visión, pero no es así, porque cincuenta años después el cansancio grita que no fue cierto y sólo es una huida adelante sin encomios, sin diferencias y con la manifiesta intención de detener la procesión de ataúdes pese a jamás lograrlo.

Por un instante pensé que no era yo quien revuelve el café. Es que tan sólo en el ángulo inferior de la izquierda del espejo puedo ver reflejada parte de mi cara. Las telarañas se han adueñado de los rincones y orgullosas se muestran controladoras del paso del tiempo. Hasta el tabernero, por momentos, se asemeja a un impertérrito cadáver condenado a mirar la puerta de entrada por los siglos de los siglos.

Todo puede manifestarse de otra forma, es cierto, con otros juegos; pero la presencia sin piedad del viento y la sucesión de naufragios en las húmedas baldosas me obligan a seguir construyendo barquitos de papel y hacerlos navegar a la deriva junto al bordillo de otra acera renacida una vez pasada la lluvia. Son sobrevivientes de los restos de la tempestad, enarbolan papel de otro periódico pero mantienen intacta la importancia de sentirse niño, de que algún vecino acaricie tu cabeza y que oculto tras una columna amenace con ser el llanero solitario, o montado en un caballo de palo de escoba dispare mis balas de plata en el vano intento de limpiar de injusticias el mundo.

Casi no queda espacio entre la barra y la puerta. Tal vez pueda llegar hasta una u otra colgado de las telarañas. Tanto polvo y firmas que atravesar para llegar a esa cara macilenta que sólo resalta por el bigote, cada vez más ralo. Soy el único cliente, aburrido e intrigado, ansioso por otra taza de café que no me atrevo a pedir. No le veo fuerzas para volverse, poner una carga de café y tirar del brazo de la vieja cafetera cinballi. Pienso que debo salir, dejar de pensar sobre cómo entré a ese bar, o cuándo entré. De por qué desaparece el espacio y los muebles están colgados en una fotografía con matices de cafeína.

Porque imaginaba e imagino, igual que Vd., que los viejos son niños y los niños se hacen viejos; cuesta la experiencia, es muy cara, porque el tiempo pasa, no lo admitimos y somos lo que somos, no lo que queremos ser cuando las calles llenas de tendidos eléctricos andan hacia adelante. Forma curiosa de desmentir lluvia y procesiones y aseverar que el incierto futuro es sólo pasado. Admitir que no saber vivir es convenir que tampoco sabremos morir.

¿Cuánto le debo? Con el sucio dedo apunta a un cartel a su espalda con un precio ridículo. No mira el billete que le entrego, pero yo sí el cambio que me devuelve. Estas monedas hace más de medio siglo que dejaron de circular. La respuesta es un sacrificio. Interrumpe otra firma en el polvo y apenas balbucea. No tengo otras. Al Estación lo demolieron hace cincuenta años.