Revista Cultural Digital
ISSN: 1885-4524
Número 46 - Abril 2017
Asociación Cultural Ars Creatio - Torrevieja

 
Deformación de espectador Manuel Pérez García


No puedo poner fecha al día en que te conocí o explicar de qué forma nos encontramos. Durante varios años estuve convencido de que eras un ángel, mi ángel de la guarda, mas hoy no puedo decir lo mismo. Sé que es difícil concebir una cara celestial y definir un contorno y, pese a que eso nunca formó parte de mis posibles dilemas faciales, lo evidente es que tu mirada, tus labios, en fin, todos tus gestos, fueron el maná de mis expectativas cada anochecer. Jamás dejó de fascinarme intentar encontrar algo nuevo en la incandescencia de tu piel, así que hoy, en este intento de escribir sobre ti, asumo lo complicado de envejecer y más aún, de haber aprendido a convivir con un fantasma.

Ese pulcro y elocuente rostro siempre fue puntual para acudir a la cita, algo que no puedo decir de mí pues, aunque son contadas las veces que me retrasé, pocos minutos, pero retraso al fin, lo cierto es que no dejé de embelesarme un solo día ante esa representación de lúcida candidez. Viví encandilado de tu sabiduría, de esa generosidad de conocimientos compartidos por los que, un día tras otro, me dejaba llevar a través de los diferentes temas e informes que proyectabas. Fui arrastrado por ese tono persuasivo, la interpretación acertada de la realidad y el resplandor de esos ojos etéreos penetrando en los míos, sojuzgadores del sueño y el criterio, chispeantes ante la evidencia de que yo, sólo yo, era el único interlocutor, su único amor.

Fue un largo tiempo de consentir la invasión de mis emociones, mis estados de ánimo, mis dichas y desdichas, recibiendo tu hiel o tu miel; de que impaciente anhelara eterno el instante de ver destellar la más seductora sonrisa o ese gesto de circunstancias que a veces esbozabas junto a la invitación de ser tu confidente. De mimar esa presencia. De venerar el contorno. De fantasear tu perfume. De oír, oír, oírla.

Si preguntáis el porqué de tamaña fidelidad, no sería capaz aun hoy de contestar, pese a ser consciente del engaño. Ella manipuló día a día mis emociones y prometió continuar muchos años más. Sí, siempre aseveró que el motivo esencial de su presencia era este incauto. Pero, como veis, llegado el momento primó la apatía a mi devoción, a mi sacrificio, fue más fuerte su ego, su rating, los objetivos profesionales moradores de un interior totalmente desconocido para este ingenuo y su fidelidad.

Te escribo a ti, os hablo de ella. De la mujer a la que me fue negado contemplar la espalda, pero no imaginar su piel. Esa piel de la que sí puedo hablar, esa luminaria incapaz de repetir un vestido, pero sí las palabras de despedida. La que cada tanto cedía otro tono al peinado, pero no a su característica forma de mover los labios. La que premió las hábiles manos del maquillador capaz de disimular el profundo sueño de sus ojeras.

—Tienes cara de ángel —repetía cada vez—, y a una cara de ángel puede no favorecerle el maquillaje.

Tú lo estabas. Era parte importante de la seducción. Por eso dudo que hayas entendido algo parecido a esta confesión. ¿O sí?

Pedir perdón por amar no es bueno, mas quizás no tenga otra opción. Ha pasado el tiempo. Se ha enterrado otro delirio y para entender la razón de tu adiós debo aceptar una dosis de locura, la misma que azota la redención de la última noche.

Cuando lo anunciaste, comprendí que no era solo a mí a quien te dirigías, las lágrimas brotaron sin consuelo de los ojos de este desangelado anciano malgastador de anocheceres; lágrimas incapaces de empañar tu efigie de ángel seductor o tan solo difuminar detalle alguno del perfecto maquillaje.

Había sido fiel mucho tiempo. Soñara con poder amarte de todas las formas posibles. Supuse haber hecho feliz esa mirada entre mis cejas. De haber convencido a la pantalla para andar entre una multitud de cientos de miles de diminutas celdas. En definitiva, fui náufrago en el fantasma del mar de tu saliva.

Al despedirte informabas a todos los telespectadores de que a partir del día siguiente serías la nueva directora de informativos del canal. Sin duda, un paso adelante en la eficiente trayectoria de una respetada profesional.

No importó nada, no hubo tan siquiera una mirada a través de la ventana abierta al triste jardín de la ausencia. Ni un simple adiós, sólo gracias, nada más.

Y ahora para terminar, quiero hacerte saber que ya no te espero cada día en la umbrosa esquina del telediario de las veintiuna horas. ¿Para qué? Si me diagnosticaron deformación de espectador crónica y ya lo he superado.